sábado, octubre 07, 2006

Me encanta el nombre de mi blog

Sobre todo en noches como hoy.

Pues nada, acabo de venir de un concierto en el Organ Jazz, el club que hay en mi pueblo. Tocaba un grupo muy bueno, no me acuerdo su nombre, pero la cantante era una mezcla entre Raquel García Silva y Celia Freijeiro. Allí me he enterado de que, probablemente, Charlotte y yo fuimos de los últimos en ver vivo a cierto personaje de las noches locales. Se llamaba Carlos, y era un pesado de cuidado.

Acodado sempiternamente en la barra del Organ Jazz con su libreta (escribía poesía, o eso decía), si te descuidabas te empezaba a comer el tarro con sus desvaríos. Tenía una gran cicatriz en la cabeza: no me atrevo a decir que estaba lobotomizado, pero sí que había tenido una operación a craneo abierto. Muy bien del coco no estaba, para qué nos vamos a engañar. La última imagen que tengo de él es, precisamente, la de una noche o dos antes de su muerte al golpearse la cabeza con el pomo de una puerta, según me han contado. Eran las fiestas, y queríamos terminar la noche en El Hielo Púrpura, otro pub cercano. Allí estaba él, bebiendo como un cosaco y bailando, él sólo en mitad del local, música de los ochenta tal y como bailaría un mono borracho al ritmo de las trompetas que anuncian el Apocalipsis. No obstante, no es esa la imagen que guardaré de él: la penúltima vez que lo vi, a principios de julio, fue precisamente en el Organ Jazz. Quique, el camarero, y un chaval estupendo al que le han negado la posibilidad de ser Policía Nacional (su sueño) debido a un pie plano mal diagnosticado (pues no existe), me había pedido que le regalara un ejemplar de "Pasajeros de la habitación azul". Se lo había recomendado Miguel, el dueño, que por lo visto le había estado comentando (no sé si bien o mal) uno de los cuentos. Ese día, el penúltimo de Carlos en mi vida, le llevaba el ejemplar, debidamente dedicado: teniendo en cuenta la de cervezas a las que nos invita, se merece eso y más. Justo cuando nos íbamos, Quique me pidió permiso para dejárselo a Carlos. El tipo este sabía que nosotros somos editores y que, además, escribimos, y sentía curiosidad por el libro y lo había pedido. Yo dije que sí. Unos minutos después nos fuimos a casa, y mi última imagen del Organ Jazz esa noche fue, precisamente, la de Carlos, ese hombre extraño, alcoholizado y obsesivo con el que nos hemos topado muy a menudo durante los últimos tres años, leyendo un relato de mi libro, ensimismado.

Me temo que ya no voy a tener la oportunidad de preguntarle qué le pareció. Probablemente él olvidó el libro nada más dejarlo sobre la barra, pero a mí me ha jodido vivo porque no voy a poder quitarme de la cabeza esa imagen.

Y siento remordimientos porque yo no lo tragaba. Alguna vez me invitó a una copa, era su forma de decir "oye, estoy aquí, hazme caso". La primera vez acepté. Las demás, no. Evitaba su presencia, me ponía de los nervios el tener que hablar de poesía a esas horas de la noche (me paso el día rodeado de literatura, lo último que quiero es gastar mis horas de asueto dándole a la húmeda con lo mismo).

Todo esto, encima, me recuerda dolorosamente a Tina. La última vez que vi a Tina antes de su suicidio fue en su fiesta de despedida. Suena raro, pero los que seguíais mi anterior blog ya estaréis al corriente de que ella ocultó su suicidio hasta unas horas antes de su muerte, que fue cuando bombardeó a sus amigos con e-mails de despedida; antes nos había contado que se iba a trabajar a Finlandia, y había organizado una fiesta de despedida en el pub Hypnosis en la que repartió gran parte de sus efectos personales a sus más allegados porque, supuestamente, "no podía llevárselos consigo"). De hecho, a mi cuñado, que vive en Inglaterra, le llegó un paquete suyo una semana después de la explosión que acabó con su vida. Es lo más macabro de lo que he tenido constancia en toda mi vida.

Pues eso, sentí remordimientos, y muchos, tras la muerte de Tina porque, en esa fiesta de despedida, no había podido apartar la vista de su escote, y le había comentado a Charlotte que me encantaban sus tetas. Menos de una semana después ella ya no existía, y me jodía que lo último que recordara de ella era el atrevido top que llevaba aquella noche.

Sé que perderé a mucha más gente, que conforme avance el tiempo muchos de mis conocidos irán muriendo. Lo harán también algunos amigos. Y familiares, ellos no se salvarán. Luego, en algún momento del camino, el que se irá seré yo, y dejaré a conocidos, amigos y familiares vivitos y coleando y pensando (tal vez tristes, tal vez indiferentes) en qué fue lo último que oyeron de mi boca, en cual fue mi último post en mi blog (si es que existen blogs... errr... digamos que dentro de cincuenta años [cruzo los dedos]), en qué recuerdo más entrañable compartieron conmigo... o en cosas tan triviales como el culo que me hacían ciertos vaqueros, la vez en que nos enrrollamos, la borrachera que compartimos con un tuno descalzo, o la situación ridícula con un pato y una pareja de la Policía Local que nunca vivimos.

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Dejando a un lado la pornografía emocional más barata, he de decir que estoy profundamente enganchado a Prison Break (como si no lo supiérais), y que llevo días pensando en escribir una entrada criticando a cierta Suciedad General de Nosequé Pollas (SGNP, no me voy a arriesgar a que me demanden) sobre todo desde que me enteré de que a Miguel, el ya mencionado dueño del Organ Jazz, un club que tiene pérdidas pese a ser uno de los mejores locales de música en directo que hay en Andalucía, le han exigido el pago del impuesto revolucionario.

Y que conste que las razones que la SGNP esgrime para cobrar el IR son razonables. Tan razonables como las que se gritan a voces para cobrar el otro IR que todos tenemos en mente.

Cobrar por un servicio que no prestas. Cobrar en nombre de otros, especialmente de los que no te han pedido que lo hagas, que son la mayoría. Habrase visto semejante estupidez. No la de ellos, ellos son muy listos. La estupidez proviene de los que permiten semejante tomadura de pelo. En la industria literaria (léase "canon de las fotocopias") también tenemos un caso parecido: a nosotros nos han ofrecido asociarnos a cierta sociedad, muy conocida también, de forma gratuita. Más que eso, nos dan dinero por pertenecer, pues están recaudando en nuestro nombre la parte proporcional de las fotocopias que se hacen en España que se presupone nos corresponde. Por supuesto cogí el formulario de ingreso y lo partí en mil pedacitos: conmigo que no cuenten para semejante negocio. Y con la parte proporcional de Ediciones Parnaso, que compren en e-bay un sosten usado de Lucía Etxeberría y que se hagan un poncho.

He dicho.

15 comentarios:

escritor1 dijo...

¡Jo macho!
Después de leer tan maravilloso post, tomarme dos tazas de café para despejarme del todo (que no son horas) y asimilar un contenido tan explosivo...
Maravilla por lo que explicas y por Cómo lo explicas, hacía tiempo que no leía algo capaz de despertarme sensaciones tan profundas. ¡Esto sí es la Vida en Directo!
Sobre el tema temita tema del IR, de acuerdo contigo en todo. Yo también tengo alguna anécdota delirante de esta Cosa, las Sanguijuelas Gangrenosas Nocivas y Putrefactas. ¿En nombre de quién cobran, y a dónde cojones va a parar el dinero? Tu actitud me parece tan coherente que me ha dejado anonadado. ¡Bravo! Ojalá todos hicieran igual.
Si no fueras un tío te morreaba y todo... (eso sí, sin mariconadas ey) :-D

Francesita dijo...

Viva tu que digo yo por romper el formulario.

Bonito post.

Ha todo esto, ya le he mandado un email a Charlotte, pero lo digo aqui, se confirma que voy a la Hispacon, yuhuuuu

Violante dijo...

Vaya post, estoy a cuadros. Bonita reflexión sobre la muerte de personas después de verlas en pubs :P

Pily B. dijo...

Eso digo yo, vaya post, me ha dejado algo revuelta, pero coincido con escritor1: es una maravilla por lo que explicas y cómo lo explicas. Y es que... es que es real como la vida misma. Así que no te sientas mal por lo que sentías hacia cierta persona, o por lo que pensaste de las tetas de otra. Así somos, y así deberíamos contarlo.

Eso sí, qué yuyu, cuánto suicidio...

Qué pena, cómo estamos...

Lo dicho, enhorabuena por el post, a pesar de dejarme "rara".

escritor1 dijo...

¡Oye niña, no me asustes al pobre Víctor que tú ya nos venías rarita de fábrica!
Y por cierto, eso es gran parte de tu encanto, jejeje.

Pily B. dijo...

A ti te doy, tarde o temprano, te doy con la mano vuelta.

¡Ah, que has dicho que es parte de mi encanto! Ups, vale, lo retiro. En realidad sólo quería enseñaros mi nuevo avatar, así que... ahí lo tenéis, a la derecha, jeje.

escritor1 dijo...

¡Miauuuuu!
:-D

Pily B. dijo...

;-P

Gilda dijo...

Me alegra saber que podré fotocopiar (o escanear, si lo merece) tu libro. Cuando lo reciba, claro ;)

Respecto al tema de la muerte y tu relación con sus protagonistas... bueno, si supieras que esa iba a ser la última ocasión en que los verías con vida habrías pensado, dicho y hecho otras cosas. ¿O no? Ahí está la "gracia" de la muerte, que suele ser inesperada (al menos para los que no la sufren).

Gilda dijo...

Además, es inexorable.

Gilda dijo...

No me gusta. No me gusta saber que tengo que morir algún día. Con la de cosas que me quedan por hacer! (Ay, veo que no me va a dar tiempo). Estrés de vida.

Víctor Miguel Gallardo dijo...

A mí hay muchas cosas que no me gustan. Y otras que me gustan. Por ejemplo, me gusta el nuevo avatar de Pily.

El resto de cosas no me gustan, qué se le va a hacer. Jo.

escritor1 dijo...

El resto de las cosas de Pily?
¡Uy, uy, uy!
:-D

Pily B. dijo...

Escritor, ¡yo a ti te crujo, verás! XDDDDDDD

PD: Gracias Víctor. :-D

Víctor Miguel Gallardo dijo...

A mí todas las cosas de Pily que conozco me gustan, jo. :)

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