martes, enero 09, 2007

Para empezar el año con una sonrisa: El Señor de los Enanillos

Lo mejor es empezar el año con una sonrisa, ¿verdad? Pues eso, aquí os dejo un relato algo largo titulado "El Señor de los Enanillos", publicado hace un par de años en NGC3660 pero que aún me sigue haciendo muchísima gracia. Ni que decir tiene (es tan obvio como que el dejar de fumar me hace comer más) que es una parodia escrita con todo el cariño... bueno, realmente no, pero en fin, ya me entendéis.

EL SEÑOR DE LOS ENANILLOS

Tres enanillos para la Cuaderna del Norte bajo el cielo.
Siete para la Cuaderna del Este en agujeros en la piedra.
Nueve para los de Cavada Grande, condenados a morir.

Uno para el Señor de Hobbiton, dentro de la estancia oscura
en la Tierra de Bolsón donde se extienden las Sombras.

Un Enanillo para gobernarlos a todos. Un Enanillo para esclavizarlos,
un Enanillo para someterlos a todos y atarlos a las tinieblas
en la Tierra de Bolsón donde se extienden las Sombras.

I.

Frodo nunca partió hacia los Puertos Grises y, desde luego, jamás cruzó océano alguno. De hecho no llegó a atravesar de nuevo ni siquiera el Brandivino o alguno de esos arroyos que los hobbits, exagerando a ojos vista y con total impunidad, llaman (llamaban) ríos.
Frodo no partió: tenía una razón de peso, y nunca mejor dicho. Cuando Gandalf, Galadriel y el resto de seres errantes cuyo nombre empieza por la letra “g” (incluido algún orco disfrazado) pasaron cerca de Hobbiton en su larga caminata hacia las playas del Oeste, no dudaron ni un momento en hacerle llamar de la manera acostumbrada (esto es utilizando al pobre Samsagaz Gamyi como sufrido correveidile), pues deseaban de corazón que les acompañara (del mencionado señor Gamyi, que también había hecho lo suyo en la caída de Mordor, no se acordó nadie). No obstante, al aparecer el bueno de Frodo Bolsón a lomos de un poney que más bien parecía un buey (por envergadura y por los quistes óseos que, a modo de cuernos, le habían crecido en la cabeza desde que había huido de las puertas mismas de Moria) y observar ellos la ancha vastedad del recién adquirido perímetro torácico del hobbit no pudieron sino hincar espuelas (es un decir) y poner pies en polvorosa, pues no podían consentir que semejante ballenato embarcara con ellos (todo el mundo conoce la fragilidad de las naves élficas desde que murió Círdan, el gran constructor de barcos, tras un atracón de langostinos en mal estado). Tres días después se dieron cuenta de que iban en sentido contrario, pero eso ya es otra historia que ha de ser contada en otra parte y en otro momento.
Abandonado de la bella gente, Frodo quedó sombrío al borde del camino en el que una vez había encontrado a un Jinete Negro haciendo apología del Círculo de Lectores de la Tierra Media (en aquella ocasión escapó de milagro, desde luego no gracias a sus reflejos sino a los de sus amigos), y lloró amargamente su desdicha. Se retiró a su cueva y allí permaneció, enclaustrado, hasta que Sam, Pippin y Merry, sus compañeros del alma, lo sacaron a rastras hasta el jardín delantero (y único) de su hogar y le instaron a mirar a su alrededor.
-Frodo Bolsón, ¿qué veis al mirar en derredor nuestro? ¿Acaso no es el mismo hogar que añorabais durante el exilio en Mordor? –enunció enfáticamente Pippin al tiempo que movía sus brazos con aspavientos muy poco masculinos.
“Ni que hubieras estado allí, cabeza hueca”, pensó Frodo no sin razón.
-Razonad, Hobbit entre los Hobbits, y pensad en que ésta es vuestra tierra, ésta vuestra gente y ésa –agregó Merry mientras señalaba al carcomido macetero que había bajo una ventana– parte de vuestra cosecha de yerba. ¡Mirad qué hermosa florece! De aquí a poco ya estaremos todos fumando y riendo sin parar en el Poney Pisador.
Todos, menos Frodo, rieron la ocurrencia. En ese momento Sam se le acercó por la espalda con aviesas intenciones. Bolsón se giró al sentir su hediondo aliento en el cogote y vio que portaba un filoso azadón de madera que su amigo-siervo-esclavo-patán depositó en sus manos sumisamente.
-Amo Frodo, he aquí un regalo para usted.
-Igor, retírate a la mazmorra y ve en paz -bromeó Frodo, mas nadie entendió el chiste (no todos los hobbits, y por añadidura los seres racionales, tienen el don de la premonición literario-cinematográfica).
Frodo observó el azadón sin disimular ni un ápice su desencanto: estaban intentando alegrarlo y no se les ocurría otra cosa que regalarle un apero de labranza. Estupendo.
-¿Y qué cojones hago yo con esto, Sam? ¿Ves mis manos? No tienen callosidades, imperfecciones ni cicatrices. ¿Se parecen a las tuyas? ¿A que no? Yo no nací para sembrar, labrar, recoger y clasificar grano, yo soy un Bolsón de Bolsón Cerrado y sólo sé escribir poemas absurdos (muchos de ellos fusilados del sindarin), contar historias en las tabernas y posadas, emborracharme o en su defecto fingirme ebrio para no pagar la cuenta de esos locales nunca suficientemente loados [Nota del Traductor: confrontar “prostíbulo”] y, desde luego (y elevó al decirlo la vista hacia el cielo esperando ver alguna nube que le recordara en su orondez a su tío Bilbo Bolsón), completar libros de historia ajenos que nadie leerá.
Sam sonrió ampliamente, y Frodo pensó por un momento que era más idiota aún de lo que él suponía.
-Señor, ¿sabe qué día es hoy?
-Miércoles -respondió Frodo casi sin pensar. Sam contó con sus dedos.
-Pues... -dudó en contradecirlo: después de todo poseía, como amo suyo que era, derecho de pernada sobre él, sus hijos y los hijos de sus hijos, aunque a decir verdad quien más le preocupaba en este momento eran él mismo y su Rosita querida -. La verdad es que es sábado, pero eso es lo de menos. Hoy cumple usted media docena de centenas de una cópula éntica. Ya sabe que para los hobbits, los enanos y todas las criaturas que, aún teniendo los suficientes escrúpulos como para ir vestidos no levantamos un palmo del suelo, la media docena de centenas de una cópula éntica es un momento muy especial en la vida. Y como sabrá, en esos días los amigos del homenajeado, a la sazón Merry, Pippin y yo mismo, suelen regalarle herramientas para que construya un pabellón de cópulas énticas propio. Bueno, esto era antes, ahora se suele obviar este detalle y simplemente se guardan las herramientas en un lugar seguro, preferentemente un cobertizo o algo así.
Dicho y hecho, Pippin le entregó un rastrillo y Merry, que al ser de la orilla opuesta del Brandivino no estaba familiarizado con estas tradiciones, un remo.
-Muchas gracias, Merry querido: esto en particular me será muy útil -ironizó Frodo mientras depositaba los regalos sutilmente en el cubo de la basura-. ¡Hala! Iros con viento fresco, que tengo cosas que hacer.
Merry y Pippin, decepcionados y taciturnos, bajaron las cabezas y enfilaron hacia la taberna más cercana. Sam se separó tan sólo unos pasos de Frodo, que ya estaba de nuevo entrando en la cueva.
-¡Señor Frodo! -llamó desde detrás de un brezo que tenía casi su tamaño. El aludido asomó la cabeza por el hueco de la puerta, ante lo cual Sam apostilló con la mejor de sus sonrisas-: ¡No olvide cepillarse los dientes después de cada uno de los diecisiete almuerzos!
El portazo fue antológico, y Frodo fue hasta su habitación refunfuñando:
-¡Diecisiete almuerzos! ¡Habrase visto! ¿Es que este zopenco pretende matarme de hambre?

II

Pasaron un par de años (muy poco tiempo para un hobbit, creedme) y Frodo no salió de su casa más que para ir a comprar panceta a la tienda de Ultramarinos más cercana. Sus sucesivas cosechas de yerba fueron recogidas de noche, sin testigos, y poco más hay que reseñar de este periodo de su vida.
Sin embargo, estando todos reunidos en la plaza de Hobbiton con motivo de las fiestas locales (que festejaban la muerte de Zarquino), Frodo apareció de nuevo ante ellos, vestido con sus mejores galas, y algo más delgado (al menos no ya asquerosamente gordo). La expectación que se creó en un primer instante fue minúscula, así que carraspeó con fuerza. Todos los habitantes de Hobbiton (tras las últimas epidemias de peste negra no pasarían de veinte) se volvieron hacia él, especialmente porque mientras carraspeaba había golpeado con un bastón una pila de platos sucios que había en un rincón y estos se habían hecho añicos al contacto con el suelo. Empezó a hablar:
-Mis queridos hobbits y mi querido -añadió señalando a un ser algo más alto que ellos que tenía una gran pinta de cerveza en su mano derecha y una considerable cogorza en el resto del cuerpo- montaraz aprendiz. Heme aquí de nuevo: ¡tengo algo que anunciar!
Todos hemos visto spaguetti westerns, y todos recordamos esos arbustos rodantes que aparecen en estos casos cruzando la pantalla, ¿verdad? Bien, no apareció ninguno (la Comarca es un lugar húmedo y poco proclive a que crezcan ese tipo de matojos), pero no habría estado de más. Alguien tosió, y ahí acaban las interrupciones a su discurso.
-Ejem -prosiguió Frodo, tal vez notando lo poco receptivo que era su auditorio-. He decidido presentarme a alcalde de las Cuatro Cuadernas.
Del interior de una cueva del fondo de la plaza salieron Sam, Rosita y otro hobbit algo más joven que ellos y vestido enteramente de cuero que Frodo recordaba que pertenecía a los Sotomonte. Se acercaron, en especial Sam, que abrazó a Frodo y le dijo, al tiempo que terminaba de subirse los pantalones:
-Tres Cuadernas, Señor Frodo: la última epidemia de peste (esa misma que ha diezmado nuestro pueblo y ante la que usted se mostró tan poco cooperativo, negándose a ayudarnos a sacar los cadáveres putrefactos de Hobbiton para alimentar las hogueras de las afueras) borró de un plumazo todo rastro de vida en la Cuaderna del Norte.
“Mejor: menos gastos de campaña electoral”, pensó poco caritativamente Frodo.
-En esos tiempos no me encontraba demasiado bien. Me negué a ayudaros porque yo mismo había contraído una versión reducida de la peste, y prefería morir encerrado en mi cubículo (¿os he comentado ya lo pequeña que es mi cueva?) a contagiaros.
Un murmullo de aceptación corrió entre la multitud. Una hobbit de pechos generosos y muslos grasientos se tiró al cuello de Bolsón.
-¡Mi héroe! -gritó, y una salva de aplausos (no demasiado ensordecedores debido al modesto número de los presentes) llenó la tarde durante unas cinco horas. Finalmente, algo cansados y, sobre todo, hambrientos, cesaron. Sam, subiéndose a un taburete (para lo que necesitó tres intentos), clamó:
-¡Frodo Alcalde! ¡Frodo Alcalde!
Todos corearon con ganas la nueva consigna durante tan sólo hora y media, ansiosos de devorar los pastelillos de carne que había sobre las mesas. Frodo no dejaba de sonreír ni un momento: la primera parte de su plan se había consumado con éxito.

III.

La campaña electoral se inició con la tradicional pegada de carteles en las plazas principales de las localidades hobbit. Frodo, que era el candidato único del Partido Gondoriano, empezó a reunirse con asociaciones y colectivos de toda índole, repartiendo promesas a diestro y siniestro. Con el Colectivo Hobbit Gay y Feliz se comprometió a legalizar el matrimonio entre homosexuales (para lo que implantaría el rito élfico de Lothlorien); con la Federación de Hobbits Parados y Cabreados a ofrecer cursos de formación remunerados; con la Liga Hobbit Anti-Peste a erradicar de una vez por todas a las ratas de la Comarca (todos culpaban a estos inocuos roedores de haber propagado la sanguinaria enfermedad, ignorando que el auténtico desencadenante fue una partida de salsa mahonesa en mal estado que había llegado desde Bree).
Todo iba viento en popa. Los otros candidatos, a excepción del tenaz Melquisedec Arbustillo, que llevaba doce años en el cargo de Alcalde y quería seguir viviendo del chocolate del loro (sic), se retiraron de la carrera hacia la Alcaldía convencidos de que Frodo iba a vencer holgadamente. El hecho de que el único medio de información de la Comarca, la Gacetilla de Delagua, hubiera sido comprada por Bolsón en fechas recientes también ayudó a afianzar en la opinión pública la imagen de un Frodo vencedor.
No obstante, ya lo dice un refrán de la Cuaderna del Este: “Señor Director de los sondeos de opinión, métase sus resultados en semejante sitio”. Una vez que hubieron votado todos (los hobbits respetan religiosamente las consultas electorales, a las que acuden vestidos con sus mejores galas y, habitualmente, borrachos) y se contaron trabajosamente las papeletas, resultó que Frodo y Arbustillo habían conseguido entre los dos tan sólo el 49% del total, estando el resto de votos signados a nombre de Mocasín Pulido, el herrero. La normativa electoral hobbit, como bien expresa el Hobbit Decreto 18/335, da total libertad a los electores a votar a quien les parezca conveniente, sea o no candidato.
La que se armó, háganse cargo, no fue moco de pavo. Mientras que Arbustillo acogió con indiferencia el resultado del escrutinio (del 49% antes mencionado sólo tres votos le correspondían), Frodo tomó con su guardia pretoriana (esto es Pippin, Merry, Sam y un hobbit algo retrasado que los seguía a todas partes sin que ellos supieran por qué) la plaza principal de la capital, Nueva Delagua, y denunció a voz en grito que se había cometido un clarísimo fraude electoral. Como “La Gacetilla” llevaba un mes informando de que los sondeos daban al Partido Gondoriano más del 90% de la intención de voto, todos creyeron que el fraude era auténtico, incluso los que habían votado a Mocasín Pulido, el herrero.
Éste, por cierto, fue detenido por un escuadrón de la Guardia Forestal del Bosque Viejo en las cercanías de Casa Brandy cuando intentaba escapar hacia quién sabe dónde (es lo lógico cuando todo un país ha puesto precio a tu cabeza), y fue llevado a rastras hasta la Encrucijada de las Cuadernas, en donde fue atado a un poste sospechosamente rodeado de paja.
-¡Si yo ni siquiera quería ser alcalde! -fue lo último que pudo decir antes de que el solícito Pippin le colocara la mordaza reglamentaria (Hobbit Decreto 13/330). Frodo prendió una antorcha y la acercó a los pies del desafortunado al tiempo que gritaba a la multitud congregada (siete u ocho hobbits y un montaraz tuerto):
-¡Paga tu felonía, oh Mocasín Pintado, el herrero!
El olor a barbacoa duró varios días.

IV.

No obstante, a cada cerdo le llega su San Martín, y Frodo acabaría pagando sus felonías con una muerte más o menos lenta, cruel y exenta de calmantes. Aunque lo más apropiado es que no adelantemos acontecimientos y sigamos el desarrollo lineal que, hasta ahora, tan buenos resultados me ha dado a mí, a Ken Follett y a Corín Tellado, entre muchísimos otros grandes de la literatura universal.
La investidura de Frodo Bolsón como alcalde se realizó en mitad de una gran algarabía, más propia de la coronación de un nuevo rey de Númenor que de la adquisición de un cargo no vitalicio y casi minúsculo, como era el caso. Hubo pasteles de carne, pasteles de verduras, rollos de carne con verduras, rollos de carne, rollos de verduras, pasteles de rollo, rollos de pastel, etcétera. Lo típico en estas situaciones.
Y mucho alcohol, claro.
Ahora bien, el tercer pilar de toda celebración hobbit, tras la comida en abundancia y una ingente cantidad de liquído de alta graduación es... el sexo, por supuesto. Tolkien, en su intento de crear obras para todos los públicos, dejó a un lado toda la componente sexual tan evidente, por otra parte, en toda especie. Así, leyendo El Hobbit, el Señor de los Anillos, el Silmarillion o los Cuentos Inconclusos, uno podría llegar a inferir que, efectivamente, hobbits, enanos, elfos, hombres y orcos no follan y procrean por generación espontánea. Craso error. Los únicos que no copulan entre ellos, debido en parte a la ausencia de hembras aunque también a la no adquisición del nunca suficientemente loado gen de la homosexualidad, son los ents, a los que su particular fisionomía tampoco ayuda mucho a la hora de consumar el acto macho-macho.
La festividad de la Cópula Éntica es, pues, una gran tomadura de pelo.
Ciertos pasajes fueron borrados después de escritos, bien por voluntad propia de Tolkien, bien por deseo expreso y manifiesto del editor de turno (a la sazón bastante puritano). Veamos un par de ejemplos sangrantes de cómo fue desvirtuado el texto original de El Señor de los Anillos a favor de que la audiencia final del libro fuera lo más amplia posible.

Ejemplo primero: Merry y Pippin han sido secuestrados por un grupo de orcos que los han confudido con los Medianos que portan el Anillo Único (“Las Dos Torres”).

“-¡Bueno, mis pequeños! -dijo Grishnákh en un susurro sofocado-. ¿Disfrutando de un bonito descanso? ¿O no? No en muy buena posición, quizá; espadas y látigos de un lado, y lanzas traicioneras del otro. Las gentes pequeñas no tendrían que meterse en asuntos demasiado grandes.

Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como fuego, pálido pero ardiente.”

Éste es el texto que nos ha llegado. Las largas manos del censor son evidentes al leer el texto completo, tal y como lo escribió el autor:

“-¡Bueno, mis pequeños! -dijo Grishnákh en un susurro sofocado, mientras acariciaba el pecho peludito de Pippin-. ¿Disfrutando de un bonito descanso? ¿O no? No en muy buena posición, quizá; de espaldas y con los látigos de un lado, haciéndoos temblar de gozo al restañar contra vuestros sonrosados culitos respingones; y lanzas traicioneras del otro, vigilando que nadie se propase demasiado con vosotros. Porque habéis de saber que Saruman ha dado orden de que les lleguéis enteros, para poder ser el primero en gozar del cuerpito de vosotros, oh Medianos. Ésa es la razón de que, por ahora, ninguno de los míos haya intentado desvirgaros. Definitivamente, las gentes pequeñas no tendrían que meterse en asuntos demasiado grandes.

Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como fuego, pálido pero ardiente.”

El segundo y último fragmento que voy a reseñar fue igualmente cortado hasta la saciedad, tanto que casi queda desvirtuado en el libro (“La Comunidad del Anillo”):

“Galadriel llenó el pilón hasta el borde con agua del arroyo, y sopló encima, y cuando el agua se serenó otra vez les habló a los hobbits.

-He aquí el Espejo de Galadriel -dijo-. Os he traído aquí para que miréis, si queréis hacerlo.

El aire estaba muy tranquilo, y el valle oscuro, y la Dama era alta y pálida.

-¿Qué buscaremos y qué veremos? -preguntó Frodo con un temor reverente.”

Esta vez dejaré que sea el lector el que imagine qué falta y qué sobra en este fragmento. Uno, que es así de hijoputa.

Volviendo al hilo de mi relato, decir que Frodo, tras haber frecuentado en su camino a Mordor la cama (es un decir) de Gollum, había quedado más que saciado. Sentía un asco casi irracional hacia todo lo que fuera de índole sexual (cosa que no ocurrió, extrañamente, con Sam ni con ninguno del resto de los hobbits que pertenecieron a la Comunidad del Anillo), y no vio con buenos ojos que, en mitad de su celebración de investidura, muchos de sus celebrantes abandonaran el festejo, dirigiéndose sin cautela hasta los reservados habilitados a tal efecto, y llenaran el aire con sus sollozos, gemidos y grititos de placer y de dolor, que de todo hay en la viña del señor.
Así, al día siguiente, en las plazas de los principales núcleos de población de La Comarca se podía leer el que fue el primer y último edicto del nuevo gobernante:
“Por orden del Señor Alcalde se prohibe toda exhibición pública de sexualidad. El sexo, cópula, acto de fornicación o, en otras palabras, folleteo, debe circunscribirse obligatoriamente al ámbito familiar y siempre entre hobbit macho adulto y hobbit hembra adulta, ambos casados y entre sí, y su finalidad será la procreación y no el gozo, el solaz, el disfrute sensorial o el simple aburrimiento. Firmado: alcalde Frodo Bolsón. La Comarca: Una, Grande y Libre.”
La postdata tampoco pasó desapercibida:
“La masturbación tampoco es válida a partir de hoy. Os quedaréis ciegos y se os caerán los pelos de las palmas de las manos. Que no me entere yo...”

V.

El lío que se montó, haceos cargo, fue de toma pan y moja. Nadie, a excepción de los lisiados de la última guerra civil a los que nadie quería, con perdón, montar, estuvieron de acuerdo con la prohibición. Y aun estos no acababan de verle la ventaja a la postdata.
Sam fue el primero en atreverse a protestar. Apareció de repente en Bolsón Cerrado, con sus mejores galas y su sonrisa más sumisa, presentando sus respetos a su alcalde y amigo.
-Señor Frodo, ese edicto debe de ser un error -empezó a balbucear. Frodo le indicó que cerrara de una puñetera vez su bocota.
-Insolente, ¿acaso pones en duda un mandato de tu autoridad superior, elegida democráticamente?
Sam Gamyi tardó unos segundos en contestar.
-Creo que sí.
Frodo utilizó el atizador de la chimenea para golpearle en la cabeza. Sam emitió un gruñido y se abalanzó sobre él, propinándole una serie de torpes puñetazos que, en su gran mayoría, dieron en el suelo. Los nudillos de la mano derecha, al astillarse, produjeron un dolor casi desconocido en el pobre muchacho desde que, ya hace la tira de años, fuera golpeado una y otra vez por Gollum en las faldas del Monte del Destino©.
-Ay, mi mano -acertó a decir mientras que Frodo se zafaba de él, agarraba el cuchillo jamonero que colgaba de una panoplia de la pared y lo traspasaba de parte a parte sin misericordia ninguna. La sangre y la forma de abandonar el cuerpo del pobre hobbit habrían entusiasmado al mismísimo Takeshi Kitano, aunque probablemente no a la asistenta de Frodo, que a duras penas podría encontrar una escalera que le permitiera limpiar el techo.
Sam puso los ojos en blanco, y Frodo recobró la cordura justo a tiempo para disculparse del incidente.
-Yo... no quería -musitó. Sam le miró con ojitos de cordero degollado.
-Yo te habría seguido hasta el fin del mundo -meditó un poco lo que acababa de decir-. Ay, coño, si lo hice...
Frodo empezó a llorar copiosamente: aquella mañana Sam había desayunado cebolla cruda, según era su costumbre.
-Mi señor... mi hermano... ¡Mi alcalde!
Y expiró.
Frodo, aún lloroso, levantó la vista hacia la puerta y comprobó que, observando perplejos la escena, estaban Pippin y Merry.
-¡Asesino! ¡Mata-amigos! -gritó el primero.
-Hemos venido por si querías tomarte unas pintas con nosotros -balbuceó el otro con evidente sentido práctico, toda vez que el cuchillo aún estaba en la mano del alcalde.

VI.

Se decretaron tres días de luto oficial por la muerte de Sam Gamyi, uno de los más queridos miembros de la comunidad al que, oficiosamente, todo el mundo consideraba consorte de la alcaldía. Los crímenes pasionales, desgraciadamente, están a la orden del día en todo el universo, ya sea tolkiniano, dickiano, de Yahvé o de Palas Atenea.
Las banderas estaban a media asta, y también a media asta iba Frodo hacia el cadalso, encadenado y vestido con la holgada túnica naranja que denotaba su condición de condenado a muerte. La Ley está para cumplirla, habían dicho los miembros de la Policía, y ni siquiera el Alcalde podía salir idemne de un caso de homicidio tan claro y flagrante.
Dada su condición de máxima autoridad de la Comarca la forma de morir debía ser la de más alto honor: sería decapitado por el montaraz más cercano, en este caso un primo lejano de Aragorn de Gondor, de nombre Gumersindo, al que éste no tenía en mucha estima (y que podía darse con un canto en los dientes por haber sido nombrado Capitán de las Fuerzas Gondorianas en La Comarca ya que la otra opción barajada por el monarca hasta el último momento era la de ser Abono para La Comarca).
Gumersindo de Norburgo (su nombre completo) levantó el hacha que iba a usar y, ante cerca de doscientos hobbits que no querían perderse tamaño espectáculo, recitó los versos de rigor:
-Morirás con honor pues con honor viviste. Dice la ley: “Hobbit no mata a hobbit pues orco, troll u hombre no somos”. Ahora recibirás la muerte digna, así que no hay más que decir que esto: ¡Que la muerte digna te lleve, oh Frodo Bolsón, alcalde electo de La Comarca y salvador de la Tierra Media en tiempos ahora ya (más nos vale) olvidados!
Las plañideras empezaron a llorar.
-¡Aún no me he muerto! -vociferó Frodo mientras era puesto delicadamente de rodillas y su cabeza era colocada sobre un leño (el Leño de los Condenados, Hobbit Decreto 8/300).
-¿Unas últimas palabras? -preguntó el auxiliar de Gumersindo, nada menos que el viejo Billy Helechal, que mal rayo le parta.
-Estooo... -empezó dubitativamente a decir Frodo, aunque al ver la hoja que estaba siendo afilada se temió no contar con todo el tiempo del que hubiera sido menester para una despedida conforme a los cánones-. La verdad es que fue un terrible accidente haber matado a mi entrañable amigo, y lo mejor que puedo hacer es ir cuanto antes en su búsqueda para pedirle perdón: si muero ahora, tal vez todavía pueda alcanzarle en ese túnel que dicen que hay tras la muerte.
Los tres sacerdotes presentes ahogaron una carcajada al oír esto.
-¡Jeremías de Norfrost! ¡Cumple tu cometido limpiamente! -gritó el alguacil.
La pesada hacha bajó con rabia.
-¡Gumersindo, cojones, Gumersindo! -al ver que había segado un brazo y no el cuello abrió mucho los ojos-. Uy, perdone, la falta de costumbre, ¿sabe?
Frodo reprimió un poco las lágrimas de dolor.
-No pasa nada, hombre. No se corte (nunca mejor dicho) y termine de una vez, hágame el favor.

Y así termina la historia del más famoso de todos los Medianos.
Diez años después una tromba de agua barrió La Comarca: para algunas especies la extinción, después de todo, no es tan mala opción.

2 comentarios:

Gilda dijo...

Ejem, creo que tuve esta historia impresa alguna vez... muy ingeniosa, aunque yo no salgo y eso no se lo perdonaré nunca al autor. Habría hecho un papelón. Seguro.

Anónimo dijo...

¿2 años YA? Madre... En fin, pues yo sigo pensando que tienes una mala leche que pa qué. XDDDDDDDDD

Y, ¡estupendo!, más actualizaciones, se te echaba de menos.

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