domingo, junio 17, 2007

La Cienciología se alía con el Real Madrid

Siendo sincero, este domingo ha sido un pequeño desagravio de las dos ligas que vi perder, como madridista convencido, en Tenerife. Aquellos eran otros tiempos, años extraños en los que era el único de mi grupo de amigos a los que le gustaba sinceramente el fútbol. Me gustaba sinceramente porque, también de forma sincera lo digo, el fútbol era la mejor manera de acercarme a mi padre.

Mi padre siempre me ha parecido una persona cojonuda. Un hombre honesto, sincero e inteligente con el que, sin embargo, he tenido muy pocas cosas en común. Con mi madre, una mujer formidable, siempre tuve menos problemas para hablar: simplemente con contarle qué se me pasaba por la cabeza, ella sabía qué decir (eso cuando no era ella la que, directamente, sabía qué pensaba yo sin decírselo; creo que ser madre te da esa ventaja competitiva con el resto de la humanidad).

Pues eso. Desde pequeñito fui nominalmente "del Madrid" porque mi padre me lo impuso. A la par que fomentaba (gracias, papá) mi pasión por la lectura regalándome las obras completas de Julio Verne, al mismo tiempo que me convertía en un friqui de la geografía y la historia regalándome atlas o jugando conmigo a "acierta de qué país es esta bandera" (mi juego favorito durante años), me fue inculcando su pasión por el fútbol, que me temo que nunca compartí, y su fervor casi histérico por el Real Madrid, personificado en docenas de llaveros y demás merchandising del Madrid. De hecho, mi primer recuerdo consciente es la final de la Copa de la UEFA entre el Real Madrid y el Colonia. Recuerdo como si fuera ayer a mi padre enfadado, al principio, con los jugadores; luego, eufórico. Mi primer recuerdo. Se dice pronto. También recuerdo su foto con Emilio Butragueño, y mi enfado cuando se la regaló a uno de sus hermanos mayores.

Sin embargo, siempre fui un futbolero despistado hasta la adolescencia, como casi todos los niños de esa edad. Fue entonces cuando fui consciente de algo: ya había pasado el tiempo de sentarme sobre las rodillas de mi padre mientras mirábamos mapas geográficos, el mejor recuerdo con él que soy capaz de rememorar (aparte de cuando me regalaba pequeñas réplicas de coches de los años ochenta). Desgraciadamente, con quince años la única manera de mantener una conversación con mi padre era hablar de fútbol. Así que me obligué a que me gustara el fútbol. Por el simple hecho de poder pasar los domingos por la tarde con mi padre, me hice madridista. Sufrí y reí mucho con él durante tres o cuatro años; él fue el que me invitó a mi primer tinto con Casera; él fue el que se abrazó a mí a cada gol de Gica Hagi, a cada parada de Pedro Jaro o a cada corte de jugada de Pedrag Spasic o Rocha. Teniendo en cuenta lo que me gustaban esos domingos por la tarde con mi padre, me hice un sincero madridista. El peor madridista (supongo) porque, después de todo, lo de menos era el resultado; lo realmente importante era pasar ciento ochenta minutos con la persona que sacrificó su vida por hacer de mí un niño feliz al que no le faltara de nada.

Todo aquello terminó con la segunda liga perdida en Tenerife. Mi madridismo había llegado a un extremo peligroso: deje de considerarlo un instrumento para considerarlo un objetivo. Un error. Esa segunda derrota in extremis minó mi madridismo hasta el punto de alejarme indefinidamente del fútbol. Nunca más volví a sentirme ni madridista ni aficionado al fútbol: aquellos dos domingos funestos me quitaron la ilusión por jalear a equipo algunos. Seguí, no obstante, escuchando cada fin de semana Radio Granada (Cadena Ser) para ver qué pasaba con el Granada CF. Cuando tras años de espera silenciosa el Granada tuvo la oportunidad de ascender a Segunda División (le bastaba un empate en casa ante el Real Murcia), resucitó en mí algo ya olvidado. Fui al fútbol con Emi, mi mejor amigo de entonces. Cuatro mil pesetas de las de entonces para ver un partido histórico en tribuna alta. Al descanso, con empate, nos hicimos una foto con otro amigo en la que nuestras caras de incredulidad rivalizan con nuestro acné post-adolescente. En la segunda parte el Real Murcia marcó un gol inverosimil (que luego se ha demostrado que fue propiciado por razones extradeportivas) que hizo llorar a gran parte de la grada, mis amigos inclusive. Fue un día realmente horrible, y el fin de mi afición sincera por el fútbol.

Luego pasaron algunas cosas. Un viaje al Vicente Calderón (del que ya hablé) para ver al Granada en Copa del Rey. Un descenso a Tercera. Un ascenso a Segunda "B" (el año pasado). Un equipo granadino que asciende, vía talonario, a Segunda "A".

Hoy he visto los partidos en un bar de mi pueblo totalmente barcelonista. Durante gran parte de las dos horas que ha durado todo el FC Barcelona era campeón de liga, y los ánimos eran más que festivos. Luego el Real Madrid ha remontado el 0-1 que el Real Club Deportivo Mallorca le había impuesto a principio del partido. De treinta personas, sólo una de las camareras y dos clientes eran madridistas. Luego llegaron más. Yo lo celebré en silencio mientras comentaba con otro de los camareros, amigo mío y barcelonista, lo interesante que había estado toda la Liga.

Lo siento por todos los aficionados del Barcelona que conozco (Violante, Quique, Mariano...), pero para mí hoy ha sido una pequeña compensación por aquellos dos terribles finales de temporada en las islas Canarias.

Sólo ha faltado mi padre. No sé ni donde habrá visto el partido, o si lo habrá visto. Me alegro por él, es la mayor alegría del día porque sé que es un fanático. Y sé que mañana será un día feliz para él. Es lo único que necesito saber ahora. Aunque, por supuesto, lo he echado de menos de forma bestial. Mañana lo llamaré y, aunque sean tres minutos de conversación telefónica, habrá valido la pena que hoy estén celebrando en Cibeles una Liga en la que no creo por el simple hecho de poder felicitarlo mañana.

Puede parecer estúpido, pero esta noche soy casi feliz.

PD: De la Fórmula Uno, deporte del que realmente soy fanático convencido y autodidacta, ya hablaré otro día. Hablaré, por supuesto, de la gran satisfacción de saber que por fin hay un duelo, el Alonso-Hamilton, que merece la pena saborear (gran Alonso e incomensurable Hamilton). Y también hablaré, por supuesto, de Super Aguri y esos dos grandes, increíbles, pilotos que son Takuma Sato y Davidson.

De Sato, mi piloto favorito, podría hablar durante horas. Pero nunca, que quede claro, durante más tiempo que de mi padre.

2 comentarios:

Violante dijo...

No sabes cómo te entiendo... Padres, fútbol... Podríamos escribir el guión de "Como me hice amigo de mi padre".
Y por mí no lo sientas. Me alegro por vosotros ^^

Anónimo dijo...

He leído lo de Unión Granadina y me ha parecido bien, con ciertas discrepancias puntuales. Pero, al llegar al punto de leer que elñ fin último es pedir la independencia de la "Alta Andalucía", me ha dado un vuelco el estómago. ¡¡Por fin!! ¡Por fin hay alguien que lo pide!

En elnazari.blogspot.com he colgado algunas cosas interesantes sobre el tema de la existencia de Andalucía.

En cuanto a UG, me gustaría tener más información.

Un saludo y gracias.

Luis.

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