lunes, agosto 27, 2007

Francisco Barragán García


En la madrugada del viernes al sábado murió Francisco Barragán García, mi abuelo materno, a los 88 años de edad. Ha sido el último de mis abuelos y abuelas en morir, y desde luego el más querido.

Granadino de padres granadinos, nació en 1919. Apenas sé nada de su infancia, aunque sí de su adolescencia. Tuvo que hacer el servicio militar obligatorio varios años antes de lo que era menester ya que había tenido un hermano mayor, que murió antes de que él naciera, con su mismo nombre. Sus padres nunca notificaron su muerte a las autoridades (más allá de las eclesiásticas), y así se conjuró el destino para que mi abuelo tuviera que hacer dos servicios militares, el primero de ellos siendo todavía poco más que un niño: recién acabado el de su hermano fue llamado de nuevo a filas, esta vez de forma correcta. Estalló la Guerra Civil cuando apenas tenía 17 años (mientras hacía la segunda de sus "milis"), luchando en el Ejército Nacional hasta el fin de la misma. Acabada la guerra, se vio en la obligación de sacar adelante a su familia. Ante las penurias que pasaban, se alistó voluntario para luchar en la Segunda Guerra Mundial, pasando a formar parte de la 250ª Einheit Spanischer Freiwilliger de la Wehrmacht alemana (la más que conocida División Azul). Fue enviado al frente ruso, en donde participó, tal vez como artillero aunque yo sospecho que él era granadero (nunca me quedó muy claro) en el sitio de Leningrado (uno más entre los 725.000 combatientes bajo bandera nazi de ese prolongado y sangriento sitio). Fue herido en una mano por la metralla (guardo recuerdos de mi niñez, de probablemente la única vez que habló abiertamente del tema, y parece ser que fue un carro de combate soviético el que propició la herida) y fue enviado a un hospital militar nazi en Riga, Letonia, en donde pasó el resto de "su" guerra. A finales de 1943 el gobierno filonazi de Franco ordenó, tras negociaciones con los Aliados, la retirada de todos los voluntarios españoles. Así volvió a España, con la mano deformada para siempre (pero no lo suficientemente como para percibir pensión alguna: siempre comentaba jocoso que en vez de dos dedos debería haber tenido amputaciones parciales en tres), algún reconocimiento de los mandos alemán y español (entre ellos la Eisernes Kreuz 2. Klasse, Cruz de Hierro de Segunda Clase, que posteriormente fue tirada a la basura, posiblemente por ignorancia, por mi abuela) y poco más. Supo, al regresar, que el dinero que él había estado ganando en Rusia, la razón por la que él se había presentado voluntario para una guerra que no entendía, había sido más que suficiente para ayudar a su familia. Sin embargo, y pese a que había tenido la precaución de hacer guardar una parte de su "salario", que debía ser para él, para poder iniciar algún negocio precario con el que ganarse la vida, se llevó la desagradable sorpresa de que no quedaba absolutamente nada de lo que él había recibido del gobierno alemán (no sé exactamente las razones).

Después trabajó principalmente como carpintero. Conoció a mi abuela, María Dolores Campos Jiménez, cordobesa de Doña Mencía, hija de una familia "bien" venida a menos debido a los excesos del cabeza de familia (los Campos de Doña Mencía y Córdoba siguen teniendo cierto renombre, ahí están las "Bodegas Campos" como recordatorio), y se casaron. En lo profesional, trabajó como carpintero durante décadas, pasando de aprendiz a oficial, aunque creo que nunca a maestro porque permaneció fiel a su "maestro carpintero", prefiriendo trabajar para él que montar su propia cuadrilla. Durante un par de décadas, ya al final de su vida de trabajo, fue el responsable de mantenimiento de Regina Mundi, una institución educativa femenina (también responsable de una parroquia y de un comedor de transeuntes). Con "sus monjas" permaneció incluso después de jubilado, y hasta que el cuerpo le aguantó (ya muy avanzada su séptima década), posibilitando así que prácticamente todas sus nietas (por ejemplo mi hermana) pudieran estudiar en el centro que durante muchos años ha sido el que mejor notas medias ha tenido en selectividad y bachiller de Granada.

En lo personal, tuvo cuatro hijas, siendo mi madre la segunda, nueve nietos y, hasta el momento, siete bisnietos. Rechazó una oferta del gobierno australiano, que incluía una concesión de tierras en zonas en desarrollo del país oceánico, ya que su hija mayor se había enamorado del que finalmente fue su marido (Australia buscaba familias de todo el mundo que tuvieran muchas hijas para poblar el país). Su gran ilusión, la de tener un hijo varón, fue frustrada de forma dramática: mi abuela, cuando estaba gestando el tan deseado hijo varón, tuvo un accidente mientras ayudaba a hacer una mudanza a una vecina y sufrió un aborto involuntario. La razón de que quisiera un chico con ardor era la de preservar su apellido, Barragán, y es esa y no otra la razón de que yo haya firmado siempre todo lo que escribo como "Gallardo Barragán", como pequeño homenaje (y compensación) a él.

Desde luego vivió una época turbulenta, y en su juventud tuvo que hacer cosas de las que nunca ha estado orgulloso.

No era, desde luego, un fascista, y fue un votante convencido del Partido Socialista, igual que su esposa, desde que se instauró la democracia. Fue un padre y un abuelo más que cariñoso (guardo cientos de buenos recuerdos de él). Sus hijas, yernos, hermanas, nietos y sobrinos lo adoraban y adoran. Para mí siempre será aquel hombre que, mientras tomaba un pequeño vaso de vino blanco, me contaba chascarrillos para hacerme reir. O el que me enseñaba a decir palabras en ruso o en alemán, o me contaba lo guapas que eran las enfermeras letonas mientras mi abuela se enfadaba y lo hacía callar. Sólo me habló directamente, de todos sus años en la guerra, de los meses que pasó en Riga y de lo bien que estaba ya que, al ser un hospital alemán y él ser el único español, lo confundían con un germano, y al tener acceso, como alemán poseedor de un puñado de marcos del Reich, a ciertos productos que no podía tener la población, hacían de él un chico popular que podía invitar a las enfermeras a un trago de cognac en vez de a uno de vodka. Siempre me ha parecido significativo, y ahora en la distancia me lo parece aún más, que su herida propiciara el momento más feliz de su juventud, el único en el que pudo olvidarse de armas, enemigos y demás y hacer lo que un chico de su edad debería estar haciendo (o sea, ligar con chicas, ¿qué otra cosa?) en vez de matar y evitar morir.

De él he aprendido muchas cosas, la menor de ellas no es, desde luego, que la honestidad es un valor que debería ser universal. También que hay que tomarse con humor todo (incluso con el Alzheimer ya desarrollado casi por completo intentaba hacernos sonreir) y relativizar lo malo ayuda, y mucho. Que el trabajo, y él fue un trabajador abnegado, nos dignifica. Que se puede ser pobre y feliz. Que hay que leer siempre (y él lo ha intentado incluso cuando ya no reconocía las palabras de su adorado diario Ideal, el periódico que siempre le he conocido en sus manos). Creo que también de él me vino en parte mi obsesión por la geografía y la historia.

Descansa en paz, abuelo Paco.

---

Nota a la fotografía: No hay muchas fotos de mi abuelo de joven. Hubo una, un tiempo atrás, que lo mostraba con el uniforme "nacional", pero le perdí la pista (la debe tener alguna de mis tías). Yo me hice con una que no quería ver en manos equivocadas, en la que posaba ante la cámara con su uniforme de la Wehrmacht. La guardé tan bien que ahora no la encuentro. No es broma. Sé que está, o sospecho que está, dentro de alguno de mis libros, pero aunque me he tirado horas registrándolos todos, me temo que tardaré bastante tiempo en encontrarla: no los tengo contados pero son demasiados, y repartidos entre mi casa y casa de mis padres.

La foto que acompaña al texto la encontré hace un tiempo por internet, indagando. El soldado señalado con la flecha podría muy bien no ser mi abuelo, pero en todo caso parece él. Tendría que enseñársela a sus hijas, y supongo que al menos a mi madre sí se la enseñaré, para que despeje mi duda.

Editando (5/9/2007): Según sus papeles, durante la campaña de Rusia le fueron concedidas la Cruz Roja al Mérito Militar y la medalla de la campaña correspondiente (hace mención a "Primera fase de la campaña"; presupongo que se están refiriendo a la campaña 1941). También han llegado a mis manos otros documentos (incluyendo microfilms). Perteneció al regimiento de infantería 269.

16 comentarios:

Violante dijo...

Lo siento mucho, Víctor.
Espero que algún día transformes este precioso relato de la vida de tu abuelo en una novela... Sería el símbolo de una generación que se va perdiendo con los años.
Muchos besos

Alfonso dijo...

Un bonito homenaje a tu abuelo, sin duda.
Un abrazo.

Charlotte dijo...

Desde luego fue una vida larga... e interesante. Un beso enorme.

Víctor Miguel Gallardo dijo...

Bueno, por lo menos ahora sabéis el por qué de mi insistencia en que se utilicen mis dos apellidos. Y respecto a que también prefiero "Víctor Miguel" a simplemente "Víctor" también tiene su sentido:

Víctor y Miguel eran dos hermanos de mi abuela materna. Víctor empezaba a despuntar en la política local cordobesa cuando estalló la Guerra Civil. Soldados nacionales fueron a buscarlo para "hablar con él", pero al no encontrarlo (mi tío abuelo Víctor ya había puesto pies en polvorosa rumbo a no se sabe dónde) se llevaron a su hermano Miguel, que nunca volvió a casa.

Años después, cuando yo estaba a punto de nacer, mi madre quiso llamarme Víctor Miguel para darle una alegría a mi abuela, a la que le encantó el nombre, pues consideraba a sus dos hermanos mayores más que muertos y enterrados.

No obstante, no tardó mucho en aparecer un Víctor ya anciano. Por lo visto, tras huír de España pasó a Francia, en donde estuvo más de cuarenta años. A su familia española no le hizo ni puñetera gracia que no hubiera dado señales de vida en todo ese tiempo, y no aceptaron su vuelta de muy buen grado. De todas formas, mi tío abuelo Víctor murió al poco tiempo. Ni siquiera sé si llegó a conocerme, aunque tengo algún recuerdo (seguramente falso) al respecto.

Pues eso, mejor Víctor Miguel para firmar y para casi todo. Hablando conmigo no, eso sí, hablando llamadme simplemente Víctor, no pretendo ser protagonista de ningún culebrón venezolano...

Violante dijo...

¿ah no? yo creía que era tu meta en la vida, protagonizar algo en plan "La dama de rosa" :P

En serio, qué familia más interesante tienes. Escribe sobre ella, anda. Yo lo leeré encantada ^^

Ripham dijo...

No lo conocí (como sabes) y me hubiera encantado (como creo que sabes). Lo único que puedo tributarle es el respeto de mis lagrimas al imaginarlo en tus palabras.
Te debo una llamada, que cumpliré en breve.

Un abrazo de los de por dentro.

Doris Day dijo...

Lo siento, Víctor. Un beso.

Álex Vidal dijo...

Un fuerte abrazo, y otro para tu yayo en las alturas.

José Angel Muriel dijo...

Lo siento, Víctor. Lo que cuentas de tu abuelo lo acerca al lector con interesantes detalles de su vida. El abuelo de mi mujer también formó parte de la División Azul. Tal vez no coincidieran en el tiempo o tal vez sí. Le preguntaré cuando hablé con él si le conocía.

Gilda dijo...

Un abrazo, Víctor, lo siento mucho. Estoy de acuerdo con violante, sería una buena novela. También quisieron ir a "hablar" con mi abuelo materno. Cuando la que era entonces su novia fue a avisarle para que huyera, la mataron. Tuvo que luchar con los nacionales para evitar que hicieran lo mismo con su familia. Seguro que lo mismo ocurría en el bando republicano, así que teníamos dos bandos con soldados mezclados, luchando por sus vidas y las de sus familias. Si ya es dura y terrible una guerra, cómo debe ser tener que disparar a aquellos con los que quisieras estar, en algunos casos familiares. En fin, espero que no perdamos la memoria de nuestros abuelos para no volver a cometer las mismas atrocidades.

Juan Antonio Fdez Madrigal dijo...

Lo siento, Víctor. Un fuerte abrazo...

Alamanda dijo...

Lo siento mucho, Víctor. Un fuerte abrazo.

Brujulilla dijo...

Vaya. Es extraño. Haber conocido a tu abuelo y no haber sabido nada de él. Haberlo visto en el patio del colegio, como un elemento más del decorado.
Un poco me subleva. Se me ocurre pensar, ¿Porqué a ninguna profesora de historia se le pasó por la cabeza decirle "Suba usted a la clase de segundo de bachiller y hábleles a las niñas, que hoy toca la Guerra Civil"?
Quizás tampoco ellas sabían. Quizás todos estamos algo condenados a ser rostros anónimos para gran parte de la gente con quien convivimos. Tu post parece un epitafio que se resiste a que tu abuelo sea eso, que el olvido se lleve su recuerdo como hizo el alzheimer. Sólo quería decirte que, si era esa tu intención, en lo que respecta a mí, lo has conseguido plenamente.

jorge dijo...

lo siento mucho tío

un abrazo

Pily B. dijo...

Precioso homenaje, sí, señor.

Besos.

Víctor Miguel Gallardo dijo...

Muchas gracias a todos y a todas. :) Conste que no estoy actualizando el blog porque llevo semana y pico yendo de aquí para allá y descansando (por fin) un poco.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...