viernes, enero 26, 2007

Pedir peras al olmo: "Apocalypto"



No se le pueden pedir peras al olmo, pero si una cosa ha demostrado Gibson en su faceta de director es que sabe como hacer una película de acción. Tachar a "Apocalypto" o a "Braveheart" de malas películas históricas es un error: no son películas históricas. La documentación es deficiente y caótica en ambas, ya que el momento histórico en el que suceden es lo de menos, sirve como pretexto (y escenario) para la acción y punto. De hecho, "Apocalypto" es mucho más perdonable que "Braveheart", desde el punto de vista histórico, porque al menos Garra Jaguar no está basado en un personaje auténtico, cosa que sí pasa con William Wallace, Robert Bruce, y demás personajes de la otra cinta.

"Apocalypto", así, es una obra enmarcada en un "ambiente" maya muy difuso, en el que se mezclan aspectos propiamente mayas de varios períodos temporales muy diversos (algo así como si se hiciera una película sobre la Francia medieval en la que existiera Versalles, o tal vez justo al revés) con otros tipismos característicos (y únicos) de otras culturas precolombinas. El "deus ex machina" final es sólo un punto más, aunque seguramente el más exagerado, dentro de un cúmulo de errores de bulto en cuanto a la ambientación.

Efectivamente, como película histórica no vale un pimiento: es un despropósito de principio a fin. Pero, como ya he dicho, no voy a considerarla más que como lo que creo, en mi modesta opinión, que es: una película de acción. Y como obra de este género he de decir que, a mi entender, y dado que no es mi temática favorita, me ha parecido muy por encima de la media, al menos en cuanto a ritmo. Otra cosa, claro, es la credibilidad: Garra Jaguar es, cuando menos, un superhombre con taparrabos pero... ¿acaso no lo son todos los héroes de acción? Éste, al igual que le pasaba a John McClane, al menos sangra, ve morir a amigos, lo pasa rematadamente mal. Pero es el protagonista, y por supuesto ha de hacer cosas asombrosas, salir vivo de situaciones increíbles y ser el sujeto con más suerte a ese lado del mar Caribe. Es un héroe de acción y no un personaje histórico: no tiene por qué morir tras ser torturado, como le pasaba a Wallace, ya que no hay que ceñirse absolutamente a ninguna premisa inicial al ser un invento de los guionistas.

Dado que he pasado un buen rato (aunque también, en parte, ha sido por estar enumerando mentalmente las locuras que ocurrían en el trasfondo de la película) mi puntuación es bastante decente. Seguramente más de la que se merece, sí, pero me es igual.

Hay que saber diferenciar entre películas como "María Antonieta" o ésta que nos ocupa y otras como "Banderas de nuestros padres" que sí pretenden hacer divulgación (y denuncia) histórica. ¿Mezclarías un libro de Pío Moa sobre la Guerra Civil (¡ja!) con un ensayo del gran Antonio Domínguez Ortiz? ¿A qué no? Pues eso.

Bastante tengo con mi incompetencia...

...encima tengo que soportar la de otros.

elparnaso.com ha estado fuera de servicio durante unos días por causas ajenas a nuestra voluntad (¿no es eso lo que se dice siempre?). No sólo eso, se han perdido todos los mensajes enviados a nuestras cuentas de correo @elparnaso.com

En fin, la mayor parte de las cuentas las tengo redireccionadas, pero también estoy teniendo problemas con mi cuenta en yahoo.es, así que pido perdón a todos los que les debo una respuesta. Me pondré al día de aquí al lunes, espero. Si para dentro de una semana no os he contestado, puede que vuestro mensaje se haya perdido en el éter.

(Estoy hablando de mensajes [que debo] muy antiguos. Antigüísimos. De más de un mes algunos, ojo. Lo siento)

(¿Veis lo que decía de mi propia incompetencia?)

lunes, enero 15, 2007

Los libros autoeditados

Proliferan como hongos ya no sólo los libros autoeditados, sino también las empresas que, de una forma u otra, ofrecen este servicio; servicio que, por otra parte, ha existido desde siempre, aunque nunca mostrándose de una forma tan abierta como ahora. Si habéis leido, por ejemplo, "El péndulo de Foucault" (Umberto Eco) ya sabéis a lo que me refiero.

La autoedición nace a la par que el libro moderno: el autor financia la edición de su obra. Ahora, sin embargo, una serie de editoriales, más o menos grandes, más o menos caras, más o menos honestas y, desde luego, más o menos profesionales, anuncian sin ningún reparo que se dedican a esto: cobrar para publicar y, en muchos casos, distribuir un libro. Ya he hablado en otros lugares de esto (Sedice.com), y no me resisto a reproducir aquí lo que dije allí:

"(...) el primer problema de la autoedición en España en estos momentos es, hablando en plata, que muchas empresas que autoeditan están engañando a sus clientes. Así lo digo en privado, y también lo he dicho en público en algunos medios, y me da igual decirlo porque es la pura verdad. El término "coedición" es una soplapollez como la copa de un pino: si lo paga el autor, lo paga el autor y todo le pertenece (los derechos de los libros, la totalidad de los libros impresos, los libros que se distribuyen y no se venden); si no lo paga el autor, porque la editorial considera que el libro puede generar un beneficio económico, aunque sea mínimo, pues entonces es la editorial la que tiene que correr con los gastos de impresión, distribución, etc., y pagarle al autor por permitirle publicar la obra. Punto. Así funcionamos nosotros, por ejemplo, y así funcionan otras editoriales.

El problema surge en que otras muchas editoriales, por ejemplo, recurren a eso de la "coedición", que a mí me suena a una estratagema muy simpática (por decir algo) para ser las dueñas legales de los libros producidos. De ahí que, luego de distribuirlos, le exijan al autor dinero por recuperar los ejemplares no vendidos. A mí me parece inmoral, pero allá cada cual.

La distribución: nosotros (y, repito, alguno más por ahí) no cobramos por distribuir. Distribuimos los libros por los canales habituales de nuestros libros no autoeditados, sin coste alguno para el autor. Sólo nos quedamos un porcentaje de los libros VENDIDOS. Cobrar por libros que se han distribuido y no se venden es dudoso, a no ser que se limiten a cobrar por los gastos de transporte (nosotros no cobramos ni eso).

La promoción: se puede promocionar muy bien un libro autoeditado por cuatro duros. Muchas editoriales, me consta, promocionan mucho mejor sus libros que otras, sobre todo aquellas con precios muy caros (por esos precios que ofrecen, más les vale). Las editoriales que no "sangran", promocionan menos (en nuestro caso, promocionamos en nuestras páginas webs y enviamos servicios de prensa, en caso de tratarse de obras de literatura fantástica, a los lugares en los que habitualmente publicitamos los libros no-autoeditados), obviamente. Ahora bien, ¿merece la pena gastarse mil o mil quinientos euros más por una promoción que ASEMEJA ser profesional?

Los trámites legales: a este respecto publiqué hace unos meses una "carta al director" en varios medios de comunicación (por ejemplo, en la revista "Qué"). Que no se atrevan siquiera a sugerir que os están cobrando ciertos trámites. Cuando empecé con la autoedición estuve sondeando al resto de empresas para ver sus precios, su forma de trabajar, etc., y me llevé la desagradable sorpresa de que una parte de ellas, no todas desde luego, "sugerían" en sus presupuestos que cobraban por los trámites legales. Me hizo muchísima gracia una editorial en concreto que, en el presupuesto que me enviaron, valoraba en 100 euros (creo recordar) la tramitación del ISBN y el depósito legal para, acto seguido, decir que como oferta especial de nuevo cliente esos 100 euros no me los iban a cobrar. Que no os engañen: el depósito legal es gratuito, y cualquier imprenta os lo hace gratis (es decir, os costará el precio de imprimir los cinco ejemplares que se queda el Depósito y punto). El ISBN es complicado, para un neófito, de solicitar y poco más. Es totalmente gratuito, y para una editorial que ya sabe como funciona todo esto le supone la friolera de 0.29 céntimos, es decir, lo que cuesta mandar una carta a la Agencia Española del ISBN en Madrid. También he visto que hay quien cobra por colocar código de barras en la contraportada. Cualquier imprenta pondrá esos códigos sin coste alguno, y cualquier editor o autor puede conseguir programas de generación de códigos (los buenos programas no son gratis, eso sí lo advierto).

Los costes de maquetación: no sé yo en cuánto cifrarán otras editoriales esto, que sin duda es de lo más costoso. Un maquetador profesional debería ganar una pasta, porque la verdad es que es un trabajo laborioso. Algunas empresas de autoedición tienen maquetadores profesionales, obviamente no sé cuánto ganan, pero es lógico que estas editoriales cobren más por este concepto. Nosotros y otros muchos (no me atrevería a decir que la mayoría porque es un dato que desconozco) somos autodidactas, o en todo caso contamos con maquetadores semiprofesionales con algún título menor. A los ojos de un profesional, la diferencia se nota. A los ojos de un lector normal, prácticamente no. En todo caso, cualquiera puede maquetar dignamente su libro si se toma el trabajo de conseguir los programas adecuados (pagándolos, por supuesto, y no son baratos, el más popular pasa de los 4000 euros) y dedicándole un par de meses mínimo a hacerse con la interface, trastear en las opciones, etc.

Por último, los costes de la ilustración de portada e ilustraciones de interior. Muchas empresas de autoedición cuentan con profesionales del diseño y de la ilustración editorial en sus filas. Sus precios son mayores que las del resto, pero la calidad es netamente superior. Otras editoriales dicen contar con esos profesionales, pero la calidad es inferior (pese a que los precios pueden serlo... o no). Otras muchas ofrecen portadas más sencillas y precios más bajos, ofreciendo la posibilidad de contratar a un ilustrador profesional por un precio adicional. Repito, que no os engañen: si a una editorial que habitualmente ofrece un portadista le estáis ya dando el dibujo que queréis que aparezca en la cubierta de vuestra portada, los costes tienen que ser menores ya que esa parte del trabajo no la han hecho ellos. Os podrán cobrar, eso sí, el diseño de la portada (una cosa es el dibujo y otra la rotulación y otras cosas). O al menos eso sería lo deseable.

En resumen, no os dejéis engañar. No contratéis a la primera editorial con la que os pongáis en contacto. Negociad las condiciones, pedid libros de muestra para ver cual va a ser el resultado final. Si lo queréis distribuir, no caigáis en el error de lanzar 1000 o 2000 ejemplares: no los váis a vender, os lo puedo asegurar, salvo en casos tan excepcionales que suponen sólo una raya en el agua (a veces pasa pero... ¿no es mejor empezar con una tirada más modesta? Así es como trabajamos las editoriales del circuito profesional, arriesgando lo mínimo, no intentéis saber más que los que nos ganamos la vida con esto lanzando al mercado miles de libros, preguntad a la gente que se dedica a esto desde hace muchos años).

Y dos últimos consejos:

El primero: la autoedición es más que digna, y así han empezado algunos escritores que hoy día son profesionales (en el mundo de la poesía, como muy bien habéis dicho, una parte muy considerable, por cierto), pero primero agotad todas las otras vías, moved vuestra obra por todas las editoriales que podáis. Os cerrarán muchas puertas, pero puede que encontréis alguna que no lo haga si vuestra obra merece la pena y tiene el más mínimo interés comercial (las editoriales son un negocio, no os olvidéis, no van a publicar nada que no pueda venderse).

La segunda: no os dejéis (llevar) de forma decisoria por las opiniones de autores autoeditados. Los hay que han vendido bastante, pero son los menos. Y vosotros no tenéis por qué ser ellos. Su experiencia personal puede llevarte a ser muy conocido, pero también puede llevarte a un fracaso absoluto si sigues sus consejos a pies juntillas. Y, qué duda cabe, algún que otro miente porque no quiere reconocer de verdad que su libro es autoeditado, las ventas reales, etc. Tomad sus opiniones como un factor más a tener en cuenta y punto."

Fue en un foro dedicado a "Lulu", por cierto. Han pasado unos meses y, claro, sigo pensando absolutamente lo mismo, aunque ahora de lo que quiero hablar es de la calidad de los libros autoeditados. Desde mi experiencia, y tomando como buena la máxima de ya-sabéis-quién de que el 90% de lo que se publica es una mierda, en la autoedición esto se cumple a rajatabla. Igual que en el resto de libros. Pero claro, hay una variable que pocos tienen en cuenta: lo que a uno le parece un desecho, a otro le puede parecer un bocato di cardinale. Es lo bueno que tiene el cine, la literatura, el arte en general: por mucho que los entendidos posean los instrumentos para valorar positiva o negativamente una obra esto no implica que no haya gente, que bien puede conocer o desconocer dichos instrumentos, que pueda llegar a valorar bien algo que es "objetivamente" malo. O sea, que el 10% de lo "salvable" cambia de un lector a otro.

[Pónganse muchas comillas e lo de "objetivamente"]

[Mañana me voy a ganar una bronca por parte de Charlotte y de otros, pero me da igual]

Debido a Hipocampo he tenido la ocasión de poner mi granito de arena en la elaboración de libros autoeditados, un buen puñado por cierto, ya sea como diseñador, maquetador, corrector o mil cosas más. La proporción se ha cumplido. Pero hay libros, que han acabado autoeditándose con nosotros bien porque ninguna editorial ha querido sacarlos a la luz o bien porque el autor directamente no los ha movido, que merecían mucho la pena. Que nadie lo dude.

Es obvio que no podría, racionalmente, criticar algo que me da de comer, pero hablo con sinceridad cuando defiendo la autoedición: "Pasajeros de la habitación azul", mi segundo libro, fue autoeditado, lo que creo que es una prueba tangible de que no sólo no me opongo a este tipo de literatura, sino que no la descarto para mí mismo. Cierto es que el libro no ha sido distribuido, y que la tirada ha sido minúscula (el principal objetivo era tener un libro "comodín" en Hipocampo para poder ser ofrecido a clientes potenciales como "libro de muestra", lo que no ha impedido que haya enviado un puñado de ejemplares a medios de comunicación o que lo esté vendiendo a un precio casi simbólico). No sólo no descarto volver a autoeditarme, sino que estoy seguro de que, de aquí a pocos años, volveré a las andadas y financiaré de mi bolsillo una nueva antología de relatos que recoja lo último de mi producción hasta el momento.

En fin, que la autoedición es una buena opción siempre y cuando se tengan las cosas claras. Las tres únicas cosas que no soporto de esta opción de publicación son, y no obligatoriamente por este orden:

1) las empresas de autoedición que mienten y se venden como editoriales "normales";
2) las empresas de autoedición que esquilman a sus escritores;
3) los escritores que, tras autoeditarse, tratan por todos los medios de engañar al personal ocultando que la obra ha sido autofinanciada (opino esto porque no creo que esto sea un deshonor; más bien al contrario, son autores que han cogido el toro por los cuernos y se han hecho con el control directo de su obra).

Ciao, bambini.

Conociendo a Emma Watson




Yo estaba trabajando, como cualquier otro domingo desde noviembre, tras la barra del bar (del bar del club de jazz de mi pueblo, que es un pueblo pequeño, obrero, pero con club de jazz, centro hípico, y gordo distribuidor de cocaína, somos así de guays). Un grupito de siete u ocho chicas, bastante jóvenes, entró a eso de las doce de la noche. Se sentaron en los sofás del fondo del local, y por los gritos era evidente que muy españolas no eran. También era evidente que muy sobrias tampoco iban pero, total, ese es el pan nuestro de cada día: ¿quién entra en un club de jazz a las doce de la noche de un domingo? Pues gente extraviada buscando la última copa en proporción del 99% y amantes del jazz el resto. A veces ni eso.

Lo habitual, dada la situación del local, es que acuda bastante gente que, tras pasar el día en la estación de esquí de Sierra Nevada, y antes de volver a sus hoteles en Granada capital, se "despistan". Son bastantes, sí, aunque nunca entenderé que, tras gastarse muchos euros en Solynieve (el auténtico nombre de la estación, por si no lo sabíais), critiquen los precios del local (5 euros la copa, 3 euros la cerveza, lo normal en estos sitios).

En fin, el grupo de chicas se apalanca (¿localismo? Ni idea) en los sofás, como he dicho, y yo miro nervioso al dueño, que desde la cabina de sonido controla todo lo que pasa en el lugar. Cuando ya me dispongo a salir de la barra y servirlas in situ, algo que no es habitual (lo habitual es que los que se sientan aparte pidan en la barra y se lleven sus propias consumiciones, somos así de chulos), una de las chicas se acerca. No debe tener más de veinte años; bien mirada, puede que ni siquiera sea legal que esté en un local que sirve alcohol. Se sienta en uno de los taburetes, yo me acerco y sonrío (es que soy muy pizpireto), y en un español bastante correcto me dice:

-Cinco cervezas y una coca cola, por favor.

Es entonces cuando la reconozco: es Emma Watson, la actriz que hace de Hermione Granger en las películas de Harry Potter. Mi sonrisa se multiplica, pero voy hasta el frigorífico y le sirvo lo que ha pedido.

-Eres mucho más guapa en persona -le digo al fin. Ella coge cuatro de las cervezas y se va, y yo me quedo bastante planchado (lógico). Vuelve y se lleva el resto de las consumiciones sin decir absolutamente nada.

Menuda gilipollez: obviamente no es ella y la chica piensa que soy idiota. Voy al frigo y me abro una Alhambra 1925, la Reina (así, con mayúsculas) de las cervezas españolas.

Pasan tres minutos y la veo sentarse en el mismo taburete. Me acerco. Me sonríe por primera vez, me mira a los ojos, me dice:

-Es la primera vez en una semana que alguien me reconoce.

¿Y yo que digo? Pues ni idea. La conversación deriva, y deriva, y acaba en el servicio del club de jazz. Mi jefe, supongo (espero), estará flipando piruletas (que diría Francesita). Yo le digo cuatro cosas a Emma, vía lingual, y ella me responde, usando el mismo, y elemental, y universal medio, otras tantas.

Justo cuando me doy cuenta de que tengo una mano en la entrepierna de la protagonista de una de las sagas cinematográficas más taquilleras de la historia del séptimo arte me doy cuenta de un par de cosas:

-La primera, dolorosamente, es que estoy haciendo algo ilegal, porque la chiquilla, a la que por cierto he servido alcohol, será menor de edad hasta dentro de unos meses. Aunque, claro, en ese mismo momento lo de menos es que le haya servido cerveza, haceos cargo.

-La segunda es que todo es un puñetero sueño: mi gato acaba de sentarse sobre mi garganta y ronronea enloquecido. Entorno los ojos y ya no están ni Emma, ni el aseo del club. Y mis dedos están secos.

El gato sale despedido tras el bofetón apenas esquivado, pero cae de pie y me mira expectante. Aún cree que voy a levantarme de la cama para darle de comer.

Ay.

Al menos no he quebrantado ninguna ley. Llegará el día en que soñar con menores de edad será penado, pero por ahora nadie me puede tocar. Y, por una noche, he hecho algo prohibido con alguien que nunca va a saber de mi existencia. ¡Soy el mejor!

jueves, enero 11, 2007

Evolución + Mª Antonieta

A la vez, fue a la vez. Ya había visto varias veces el anuncio de televisión en el que se nos informa de que AXA y Winterthur se han fusionado. Estaba interesado porque tengo una poliza con la segunda de las compañías. El caso es que no me había parado a pensar en lo que decía el anuncio.

De repente, estando yo en el cuarto de baño, oí el anuncio. Tenía la mente en blanco, concentrado como estaba en intentar domar mi leonina (¡ja!) melena, y las palabras llegaron a mí con claridad meridiana. En el cuarto de estar Charlotte, que también debía tener la mente en blanco (única manera de comprender ciertos mensajes que nos lanzan desde radio y televisión), gritó a la vez que yo. Los dos habíamos ESCUCHADO el anuncio por primera vez, y estábamos igualmente irritados.

El anuncio viene a contar la fusión entre las dos compañías y la justifica con algo así como un "la evolución siempre implica que las cosas se hagan grandes". Esto viene que ni pintado: AXA y Winterthur se unen, y eso quiere decir que evolucionan. Esto está de puta madre para un anuncio de la televisión, pero es una mentira digna de Acebes: la evolución no implica que la cosa que evoluciona se haga mayor. Hay ejemplos contrarios en casi cualquier parte. Hacerse mayor puede significar hacerse más potente, desde luego, aunque no siempre es así. Hacerse menor también es una forma de evolución, ya que puede significar que se están racionalizando los recursos (ya sean corporales, mentales... me da igual) y se está tendiendo a la especialización, por poner un ejemplo claro.

Pero en fin, es un anuncio, no hay que darle más vueltas. ¿O sí? Mierda de publicidad.

A otra cosa. En el último año, y desde que abandoné mi último trabajo remunerado (montador de películas) he ido al cine sólo dos veces. La primera, no hace mucho, con Raúl Gonzálvez y con Charlotte para ver "Hijos de los hombres", cinta que me dejó más que satisfecho y que, a ratos, incluso me impresionó, aunque supongo que mi reacción habría sido menos efusiva de haber leído el libro en que se basa. El viernes pasado, y dada la fecha y que apenas había tenido un par de días vacacionales, Charlotte y yo nos aventuramos a volver a pagar la dichosa entrada. La película elegida fue "María Antonieta", último trabajo de la realizadora Sofía Coppola. No he visto "Las vírgenes suicidas", pero "Lost in translation" se convirtió, desde que la vi, en una de mis películas favoritas (excepcional, me pone la carne de gallina). "María Antonieta" me dejó un poco frío: tiene partes ciertamente espectaculares, pero por lo demás no sé si es una obra maestra o un presuntuoso ejercicio de estilo. Me temo que esto último va más encaminado.

Bah, aún así la recomiendo: una película con Kirsten Dunst y Asia Argento lo merece, el escenario (el verdadero Versalles) es espectacular, la banda sonora, para mi gusto desaprovechada, es excelente, y el actor que hace de Luis XVI lo borda. Pero comprendo perfectamente la indiferencia que provocó en la crítica: no es una obra maestra, más bien parece algo que pudo ser y no fue. Una pena.

martes, enero 09, 2007

Para empezar el año con una sonrisa: El Señor de los Enanillos

Lo mejor es empezar el año con una sonrisa, ¿verdad? Pues eso, aquí os dejo un relato algo largo titulado "El Señor de los Enanillos", publicado hace un par de años en NGC3660 pero que aún me sigue haciendo muchísima gracia. Ni que decir tiene (es tan obvio como que el dejar de fumar me hace comer más) que es una parodia escrita con todo el cariño... bueno, realmente no, pero en fin, ya me entendéis.

EL SEÑOR DE LOS ENANILLOS

Tres enanillos para la Cuaderna del Norte bajo el cielo.
Siete para la Cuaderna del Este en agujeros en la piedra.
Nueve para los de Cavada Grande, condenados a morir.

Uno para el Señor de Hobbiton, dentro de la estancia oscura
en la Tierra de Bolsón donde se extienden las Sombras.

Un Enanillo para gobernarlos a todos. Un Enanillo para esclavizarlos,
un Enanillo para someterlos a todos y atarlos a las tinieblas
en la Tierra de Bolsón donde se extienden las Sombras.

I.

Frodo nunca partió hacia los Puertos Grises y, desde luego, jamás cruzó océano alguno. De hecho no llegó a atravesar de nuevo ni siquiera el Brandivino o alguno de esos arroyos que los hobbits, exagerando a ojos vista y con total impunidad, llaman (llamaban) ríos.
Frodo no partió: tenía una razón de peso, y nunca mejor dicho. Cuando Gandalf, Galadriel y el resto de seres errantes cuyo nombre empieza por la letra “g” (incluido algún orco disfrazado) pasaron cerca de Hobbiton en su larga caminata hacia las playas del Oeste, no dudaron ni un momento en hacerle llamar de la manera acostumbrada (esto es utilizando al pobre Samsagaz Gamyi como sufrido correveidile), pues deseaban de corazón que les acompañara (del mencionado señor Gamyi, que también había hecho lo suyo en la caída de Mordor, no se acordó nadie). No obstante, al aparecer el bueno de Frodo Bolsón a lomos de un poney que más bien parecía un buey (por envergadura y por los quistes óseos que, a modo de cuernos, le habían crecido en la cabeza desde que había huido de las puertas mismas de Moria) y observar ellos la ancha vastedad del recién adquirido perímetro torácico del hobbit no pudieron sino hincar espuelas (es un decir) y poner pies en polvorosa, pues no podían consentir que semejante ballenato embarcara con ellos (todo el mundo conoce la fragilidad de las naves élficas desde que murió Círdan, el gran constructor de barcos, tras un atracón de langostinos en mal estado). Tres días después se dieron cuenta de que iban en sentido contrario, pero eso ya es otra historia que ha de ser contada en otra parte y en otro momento.
Abandonado de la bella gente, Frodo quedó sombrío al borde del camino en el que una vez había encontrado a un Jinete Negro haciendo apología del Círculo de Lectores de la Tierra Media (en aquella ocasión escapó de milagro, desde luego no gracias a sus reflejos sino a los de sus amigos), y lloró amargamente su desdicha. Se retiró a su cueva y allí permaneció, enclaustrado, hasta que Sam, Pippin y Merry, sus compañeros del alma, lo sacaron a rastras hasta el jardín delantero (y único) de su hogar y le instaron a mirar a su alrededor.
-Frodo Bolsón, ¿qué veis al mirar en derredor nuestro? ¿Acaso no es el mismo hogar que añorabais durante el exilio en Mordor? –enunció enfáticamente Pippin al tiempo que movía sus brazos con aspavientos muy poco masculinos.
“Ni que hubieras estado allí, cabeza hueca”, pensó Frodo no sin razón.
-Razonad, Hobbit entre los Hobbits, y pensad en que ésta es vuestra tierra, ésta vuestra gente y ésa –agregó Merry mientras señalaba al carcomido macetero que había bajo una ventana– parte de vuestra cosecha de yerba. ¡Mirad qué hermosa florece! De aquí a poco ya estaremos todos fumando y riendo sin parar en el Poney Pisador.
Todos, menos Frodo, rieron la ocurrencia. En ese momento Sam se le acercó por la espalda con aviesas intenciones. Bolsón se giró al sentir su hediondo aliento en el cogote y vio que portaba un filoso azadón de madera que su amigo-siervo-esclavo-patán depositó en sus manos sumisamente.
-Amo Frodo, he aquí un regalo para usted.
-Igor, retírate a la mazmorra y ve en paz -bromeó Frodo, mas nadie entendió el chiste (no todos los hobbits, y por añadidura los seres racionales, tienen el don de la premonición literario-cinematográfica).
Frodo observó el azadón sin disimular ni un ápice su desencanto: estaban intentando alegrarlo y no se les ocurría otra cosa que regalarle un apero de labranza. Estupendo.
-¿Y qué cojones hago yo con esto, Sam? ¿Ves mis manos? No tienen callosidades, imperfecciones ni cicatrices. ¿Se parecen a las tuyas? ¿A que no? Yo no nací para sembrar, labrar, recoger y clasificar grano, yo soy un Bolsón de Bolsón Cerrado y sólo sé escribir poemas absurdos (muchos de ellos fusilados del sindarin), contar historias en las tabernas y posadas, emborracharme o en su defecto fingirme ebrio para no pagar la cuenta de esos locales nunca suficientemente loados [Nota del Traductor: confrontar “prostíbulo”] y, desde luego (y elevó al decirlo la vista hacia el cielo esperando ver alguna nube que le recordara en su orondez a su tío Bilbo Bolsón), completar libros de historia ajenos que nadie leerá.
Sam sonrió ampliamente, y Frodo pensó por un momento que era más idiota aún de lo que él suponía.
-Señor, ¿sabe qué día es hoy?
-Miércoles -respondió Frodo casi sin pensar. Sam contó con sus dedos.
-Pues... -dudó en contradecirlo: después de todo poseía, como amo suyo que era, derecho de pernada sobre él, sus hijos y los hijos de sus hijos, aunque a decir verdad quien más le preocupaba en este momento eran él mismo y su Rosita querida -. La verdad es que es sábado, pero eso es lo de menos. Hoy cumple usted media docena de centenas de una cópula éntica. Ya sabe que para los hobbits, los enanos y todas las criaturas que, aún teniendo los suficientes escrúpulos como para ir vestidos no levantamos un palmo del suelo, la media docena de centenas de una cópula éntica es un momento muy especial en la vida. Y como sabrá, en esos días los amigos del homenajeado, a la sazón Merry, Pippin y yo mismo, suelen regalarle herramientas para que construya un pabellón de cópulas énticas propio. Bueno, esto era antes, ahora se suele obviar este detalle y simplemente se guardan las herramientas en un lugar seguro, preferentemente un cobertizo o algo así.
Dicho y hecho, Pippin le entregó un rastrillo y Merry, que al ser de la orilla opuesta del Brandivino no estaba familiarizado con estas tradiciones, un remo.
-Muchas gracias, Merry querido: esto en particular me será muy útil -ironizó Frodo mientras depositaba los regalos sutilmente en el cubo de la basura-. ¡Hala! Iros con viento fresco, que tengo cosas que hacer.
Merry y Pippin, decepcionados y taciturnos, bajaron las cabezas y enfilaron hacia la taberna más cercana. Sam se separó tan sólo unos pasos de Frodo, que ya estaba de nuevo entrando en la cueva.
-¡Señor Frodo! -llamó desde detrás de un brezo que tenía casi su tamaño. El aludido asomó la cabeza por el hueco de la puerta, ante lo cual Sam apostilló con la mejor de sus sonrisas-: ¡No olvide cepillarse los dientes después de cada uno de los diecisiete almuerzos!
El portazo fue antológico, y Frodo fue hasta su habitación refunfuñando:
-¡Diecisiete almuerzos! ¡Habrase visto! ¿Es que este zopenco pretende matarme de hambre?

II

Pasaron un par de años (muy poco tiempo para un hobbit, creedme) y Frodo no salió de su casa más que para ir a comprar panceta a la tienda de Ultramarinos más cercana. Sus sucesivas cosechas de yerba fueron recogidas de noche, sin testigos, y poco más hay que reseñar de este periodo de su vida.
Sin embargo, estando todos reunidos en la plaza de Hobbiton con motivo de las fiestas locales (que festejaban la muerte de Zarquino), Frodo apareció de nuevo ante ellos, vestido con sus mejores galas, y algo más delgado (al menos no ya asquerosamente gordo). La expectación que se creó en un primer instante fue minúscula, así que carraspeó con fuerza. Todos los habitantes de Hobbiton (tras las últimas epidemias de peste negra no pasarían de veinte) se volvieron hacia él, especialmente porque mientras carraspeaba había golpeado con un bastón una pila de platos sucios que había en un rincón y estos se habían hecho añicos al contacto con el suelo. Empezó a hablar:
-Mis queridos hobbits y mi querido -añadió señalando a un ser algo más alto que ellos que tenía una gran pinta de cerveza en su mano derecha y una considerable cogorza en el resto del cuerpo- montaraz aprendiz. Heme aquí de nuevo: ¡tengo algo que anunciar!
Todos hemos visto spaguetti westerns, y todos recordamos esos arbustos rodantes que aparecen en estos casos cruzando la pantalla, ¿verdad? Bien, no apareció ninguno (la Comarca es un lugar húmedo y poco proclive a que crezcan ese tipo de matojos), pero no habría estado de más. Alguien tosió, y ahí acaban las interrupciones a su discurso.
-Ejem -prosiguió Frodo, tal vez notando lo poco receptivo que era su auditorio-. He decidido presentarme a alcalde de las Cuatro Cuadernas.
Del interior de una cueva del fondo de la plaza salieron Sam, Rosita y otro hobbit algo más joven que ellos y vestido enteramente de cuero que Frodo recordaba que pertenecía a los Sotomonte. Se acercaron, en especial Sam, que abrazó a Frodo y le dijo, al tiempo que terminaba de subirse los pantalones:
-Tres Cuadernas, Señor Frodo: la última epidemia de peste (esa misma que ha diezmado nuestro pueblo y ante la que usted se mostró tan poco cooperativo, negándose a ayudarnos a sacar los cadáveres putrefactos de Hobbiton para alimentar las hogueras de las afueras) borró de un plumazo todo rastro de vida en la Cuaderna del Norte.
“Mejor: menos gastos de campaña electoral”, pensó poco caritativamente Frodo.
-En esos tiempos no me encontraba demasiado bien. Me negué a ayudaros porque yo mismo había contraído una versión reducida de la peste, y prefería morir encerrado en mi cubículo (¿os he comentado ya lo pequeña que es mi cueva?) a contagiaros.
Un murmullo de aceptación corrió entre la multitud. Una hobbit de pechos generosos y muslos grasientos se tiró al cuello de Bolsón.
-¡Mi héroe! -gritó, y una salva de aplausos (no demasiado ensordecedores debido al modesto número de los presentes) llenó la tarde durante unas cinco horas. Finalmente, algo cansados y, sobre todo, hambrientos, cesaron. Sam, subiéndose a un taburete (para lo que necesitó tres intentos), clamó:
-¡Frodo Alcalde! ¡Frodo Alcalde!
Todos corearon con ganas la nueva consigna durante tan sólo hora y media, ansiosos de devorar los pastelillos de carne que había sobre las mesas. Frodo no dejaba de sonreír ni un momento: la primera parte de su plan se había consumado con éxito.

III.

La campaña electoral se inició con la tradicional pegada de carteles en las plazas principales de las localidades hobbit. Frodo, que era el candidato único del Partido Gondoriano, empezó a reunirse con asociaciones y colectivos de toda índole, repartiendo promesas a diestro y siniestro. Con el Colectivo Hobbit Gay y Feliz se comprometió a legalizar el matrimonio entre homosexuales (para lo que implantaría el rito élfico de Lothlorien); con la Federación de Hobbits Parados y Cabreados a ofrecer cursos de formación remunerados; con la Liga Hobbit Anti-Peste a erradicar de una vez por todas a las ratas de la Comarca (todos culpaban a estos inocuos roedores de haber propagado la sanguinaria enfermedad, ignorando que el auténtico desencadenante fue una partida de salsa mahonesa en mal estado que había llegado desde Bree).
Todo iba viento en popa. Los otros candidatos, a excepción del tenaz Melquisedec Arbustillo, que llevaba doce años en el cargo de Alcalde y quería seguir viviendo del chocolate del loro (sic), se retiraron de la carrera hacia la Alcaldía convencidos de que Frodo iba a vencer holgadamente. El hecho de que el único medio de información de la Comarca, la Gacetilla de Delagua, hubiera sido comprada por Bolsón en fechas recientes también ayudó a afianzar en la opinión pública la imagen de un Frodo vencedor.
No obstante, ya lo dice un refrán de la Cuaderna del Este: “Señor Director de los sondeos de opinión, métase sus resultados en semejante sitio”. Una vez que hubieron votado todos (los hobbits respetan religiosamente las consultas electorales, a las que acuden vestidos con sus mejores galas y, habitualmente, borrachos) y se contaron trabajosamente las papeletas, resultó que Frodo y Arbustillo habían conseguido entre los dos tan sólo el 49% del total, estando el resto de votos signados a nombre de Mocasín Pulido, el herrero. La normativa electoral hobbit, como bien expresa el Hobbit Decreto 18/335, da total libertad a los electores a votar a quien les parezca conveniente, sea o no candidato.
La que se armó, háganse cargo, no fue moco de pavo. Mientras que Arbustillo acogió con indiferencia el resultado del escrutinio (del 49% antes mencionado sólo tres votos le correspondían), Frodo tomó con su guardia pretoriana (esto es Pippin, Merry, Sam y un hobbit algo retrasado que los seguía a todas partes sin que ellos supieran por qué) la plaza principal de la capital, Nueva Delagua, y denunció a voz en grito que se había cometido un clarísimo fraude electoral. Como “La Gacetilla” llevaba un mes informando de que los sondeos daban al Partido Gondoriano más del 90% de la intención de voto, todos creyeron que el fraude era auténtico, incluso los que habían votado a Mocasín Pulido, el herrero.
Éste, por cierto, fue detenido por un escuadrón de la Guardia Forestal del Bosque Viejo en las cercanías de Casa Brandy cuando intentaba escapar hacia quién sabe dónde (es lo lógico cuando todo un país ha puesto precio a tu cabeza), y fue llevado a rastras hasta la Encrucijada de las Cuadernas, en donde fue atado a un poste sospechosamente rodeado de paja.
-¡Si yo ni siquiera quería ser alcalde! -fue lo último que pudo decir antes de que el solícito Pippin le colocara la mordaza reglamentaria (Hobbit Decreto 13/330). Frodo prendió una antorcha y la acercó a los pies del desafortunado al tiempo que gritaba a la multitud congregada (siete u ocho hobbits y un montaraz tuerto):
-¡Paga tu felonía, oh Mocasín Pintado, el herrero!
El olor a barbacoa duró varios días.

IV.

No obstante, a cada cerdo le llega su San Martín, y Frodo acabaría pagando sus felonías con una muerte más o menos lenta, cruel y exenta de calmantes. Aunque lo más apropiado es que no adelantemos acontecimientos y sigamos el desarrollo lineal que, hasta ahora, tan buenos resultados me ha dado a mí, a Ken Follett y a Corín Tellado, entre muchísimos otros grandes de la literatura universal.
La investidura de Frodo Bolsón como alcalde se realizó en mitad de una gran algarabía, más propia de la coronación de un nuevo rey de Númenor que de la adquisición de un cargo no vitalicio y casi minúsculo, como era el caso. Hubo pasteles de carne, pasteles de verduras, rollos de carne con verduras, rollos de carne, rollos de verduras, pasteles de rollo, rollos de pastel, etcétera. Lo típico en estas situaciones.
Y mucho alcohol, claro.
Ahora bien, el tercer pilar de toda celebración hobbit, tras la comida en abundancia y una ingente cantidad de liquído de alta graduación es... el sexo, por supuesto. Tolkien, en su intento de crear obras para todos los públicos, dejó a un lado toda la componente sexual tan evidente, por otra parte, en toda especie. Así, leyendo El Hobbit, el Señor de los Anillos, el Silmarillion o los Cuentos Inconclusos, uno podría llegar a inferir que, efectivamente, hobbits, enanos, elfos, hombres y orcos no follan y procrean por generación espontánea. Craso error. Los únicos que no copulan entre ellos, debido en parte a la ausencia de hembras aunque también a la no adquisición del nunca suficientemente loado gen de la homosexualidad, son los ents, a los que su particular fisionomía tampoco ayuda mucho a la hora de consumar el acto macho-macho.
La festividad de la Cópula Éntica es, pues, una gran tomadura de pelo.
Ciertos pasajes fueron borrados después de escritos, bien por voluntad propia de Tolkien, bien por deseo expreso y manifiesto del editor de turno (a la sazón bastante puritano). Veamos un par de ejemplos sangrantes de cómo fue desvirtuado el texto original de El Señor de los Anillos a favor de que la audiencia final del libro fuera lo más amplia posible.

Ejemplo primero: Merry y Pippin han sido secuestrados por un grupo de orcos que los han confudido con los Medianos que portan el Anillo Único (“Las Dos Torres”).

“-¡Bueno, mis pequeños! -dijo Grishnákh en un susurro sofocado-. ¿Disfrutando de un bonito descanso? ¿O no? No en muy buena posición, quizá; espadas y látigos de un lado, y lanzas traicioneras del otro. Las gentes pequeñas no tendrían que meterse en asuntos demasiado grandes.

Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como fuego, pálido pero ardiente.”

Éste es el texto que nos ha llegado. Las largas manos del censor son evidentes al leer el texto completo, tal y como lo escribió el autor:

“-¡Bueno, mis pequeños! -dijo Grishnákh en un susurro sofocado, mientras acariciaba el pecho peludito de Pippin-. ¿Disfrutando de un bonito descanso? ¿O no? No en muy buena posición, quizá; de espaldas y con los látigos de un lado, haciéndoos temblar de gozo al restañar contra vuestros sonrosados culitos respingones; y lanzas traicioneras del otro, vigilando que nadie se propase demasiado con vosotros. Porque habéis de saber que Saruman ha dado orden de que les lleguéis enteros, para poder ser el primero en gozar del cuerpito de vosotros, oh Medianos. Ésa es la razón de que, por ahora, ninguno de los míos haya intentado desvirgaros. Definitivamente, las gentes pequeñas no tendrían que meterse en asuntos demasiado grandes.

Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como fuego, pálido pero ardiente.”

El segundo y último fragmento que voy a reseñar fue igualmente cortado hasta la saciedad, tanto que casi queda desvirtuado en el libro (“La Comunidad del Anillo”):

“Galadriel llenó el pilón hasta el borde con agua del arroyo, y sopló encima, y cuando el agua se serenó otra vez les habló a los hobbits.

-He aquí el Espejo de Galadriel -dijo-. Os he traído aquí para que miréis, si queréis hacerlo.

El aire estaba muy tranquilo, y el valle oscuro, y la Dama era alta y pálida.

-¿Qué buscaremos y qué veremos? -preguntó Frodo con un temor reverente.”

Esta vez dejaré que sea el lector el que imagine qué falta y qué sobra en este fragmento. Uno, que es así de hijoputa.

Volviendo al hilo de mi relato, decir que Frodo, tras haber frecuentado en su camino a Mordor la cama (es un decir) de Gollum, había quedado más que saciado. Sentía un asco casi irracional hacia todo lo que fuera de índole sexual (cosa que no ocurrió, extrañamente, con Sam ni con ninguno del resto de los hobbits que pertenecieron a la Comunidad del Anillo), y no vio con buenos ojos que, en mitad de su celebración de investidura, muchos de sus celebrantes abandonaran el festejo, dirigiéndose sin cautela hasta los reservados habilitados a tal efecto, y llenaran el aire con sus sollozos, gemidos y grititos de placer y de dolor, que de todo hay en la viña del señor.
Así, al día siguiente, en las plazas de los principales núcleos de población de La Comarca se podía leer el que fue el primer y último edicto del nuevo gobernante:
“Por orden del Señor Alcalde se prohibe toda exhibición pública de sexualidad. El sexo, cópula, acto de fornicación o, en otras palabras, folleteo, debe circunscribirse obligatoriamente al ámbito familiar y siempre entre hobbit macho adulto y hobbit hembra adulta, ambos casados y entre sí, y su finalidad será la procreación y no el gozo, el solaz, el disfrute sensorial o el simple aburrimiento. Firmado: alcalde Frodo Bolsón. La Comarca: Una, Grande y Libre.”
La postdata tampoco pasó desapercibida:
“La masturbación tampoco es válida a partir de hoy. Os quedaréis ciegos y se os caerán los pelos de las palmas de las manos. Que no me entere yo...”

V.

El lío que se montó, haceos cargo, fue de toma pan y moja. Nadie, a excepción de los lisiados de la última guerra civil a los que nadie quería, con perdón, montar, estuvieron de acuerdo con la prohibición. Y aun estos no acababan de verle la ventaja a la postdata.
Sam fue el primero en atreverse a protestar. Apareció de repente en Bolsón Cerrado, con sus mejores galas y su sonrisa más sumisa, presentando sus respetos a su alcalde y amigo.
-Señor Frodo, ese edicto debe de ser un error -empezó a balbucear. Frodo le indicó que cerrara de una puñetera vez su bocota.
-Insolente, ¿acaso pones en duda un mandato de tu autoridad superior, elegida democráticamente?
Sam Gamyi tardó unos segundos en contestar.
-Creo que sí.
Frodo utilizó el atizador de la chimenea para golpearle en la cabeza. Sam emitió un gruñido y se abalanzó sobre él, propinándole una serie de torpes puñetazos que, en su gran mayoría, dieron en el suelo. Los nudillos de la mano derecha, al astillarse, produjeron un dolor casi desconocido en el pobre muchacho desde que, ya hace la tira de años, fuera golpeado una y otra vez por Gollum en las faldas del Monte del Destino©.
-Ay, mi mano -acertó a decir mientras que Frodo se zafaba de él, agarraba el cuchillo jamonero que colgaba de una panoplia de la pared y lo traspasaba de parte a parte sin misericordia ninguna. La sangre y la forma de abandonar el cuerpo del pobre hobbit habrían entusiasmado al mismísimo Takeshi Kitano, aunque probablemente no a la asistenta de Frodo, que a duras penas podría encontrar una escalera que le permitiera limpiar el techo.
Sam puso los ojos en blanco, y Frodo recobró la cordura justo a tiempo para disculparse del incidente.
-Yo... no quería -musitó. Sam le miró con ojitos de cordero degollado.
-Yo te habría seguido hasta el fin del mundo -meditó un poco lo que acababa de decir-. Ay, coño, si lo hice...
Frodo empezó a llorar copiosamente: aquella mañana Sam había desayunado cebolla cruda, según era su costumbre.
-Mi señor... mi hermano... ¡Mi alcalde!
Y expiró.
Frodo, aún lloroso, levantó la vista hacia la puerta y comprobó que, observando perplejos la escena, estaban Pippin y Merry.
-¡Asesino! ¡Mata-amigos! -gritó el primero.
-Hemos venido por si querías tomarte unas pintas con nosotros -balbuceó el otro con evidente sentido práctico, toda vez que el cuchillo aún estaba en la mano del alcalde.

VI.

Se decretaron tres días de luto oficial por la muerte de Sam Gamyi, uno de los más queridos miembros de la comunidad al que, oficiosamente, todo el mundo consideraba consorte de la alcaldía. Los crímenes pasionales, desgraciadamente, están a la orden del día en todo el universo, ya sea tolkiniano, dickiano, de Yahvé o de Palas Atenea.
Las banderas estaban a media asta, y también a media asta iba Frodo hacia el cadalso, encadenado y vestido con la holgada túnica naranja que denotaba su condición de condenado a muerte. La Ley está para cumplirla, habían dicho los miembros de la Policía, y ni siquiera el Alcalde podía salir idemne de un caso de homicidio tan claro y flagrante.
Dada su condición de máxima autoridad de la Comarca la forma de morir debía ser la de más alto honor: sería decapitado por el montaraz más cercano, en este caso un primo lejano de Aragorn de Gondor, de nombre Gumersindo, al que éste no tenía en mucha estima (y que podía darse con un canto en los dientes por haber sido nombrado Capitán de las Fuerzas Gondorianas en La Comarca ya que la otra opción barajada por el monarca hasta el último momento era la de ser Abono para La Comarca).
Gumersindo de Norburgo (su nombre completo) levantó el hacha que iba a usar y, ante cerca de doscientos hobbits que no querían perderse tamaño espectáculo, recitó los versos de rigor:
-Morirás con honor pues con honor viviste. Dice la ley: “Hobbit no mata a hobbit pues orco, troll u hombre no somos”. Ahora recibirás la muerte digna, así que no hay más que decir que esto: ¡Que la muerte digna te lleve, oh Frodo Bolsón, alcalde electo de La Comarca y salvador de la Tierra Media en tiempos ahora ya (más nos vale) olvidados!
Las plañideras empezaron a llorar.
-¡Aún no me he muerto! -vociferó Frodo mientras era puesto delicadamente de rodillas y su cabeza era colocada sobre un leño (el Leño de los Condenados, Hobbit Decreto 8/300).
-¿Unas últimas palabras? -preguntó el auxiliar de Gumersindo, nada menos que el viejo Billy Helechal, que mal rayo le parta.
-Estooo... -empezó dubitativamente a decir Frodo, aunque al ver la hoja que estaba siendo afilada se temió no contar con todo el tiempo del que hubiera sido menester para una despedida conforme a los cánones-. La verdad es que fue un terrible accidente haber matado a mi entrañable amigo, y lo mejor que puedo hacer es ir cuanto antes en su búsqueda para pedirle perdón: si muero ahora, tal vez todavía pueda alcanzarle en ese túnel que dicen que hay tras la muerte.
Los tres sacerdotes presentes ahogaron una carcajada al oír esto.
-¡Jeremías de Norfrost! ¡Cumple tu cometido limpiamente! -gritó el alguacil.
La pesada hacha bajó con rabia.
-¡Gumersindo, cojones, Gumersindo! -al ver que había segado un brazo y no el cuello abrió mucho los ojos-. Uy, perdone, la falta de costumbre, ¿sabe?
Frodo reprimió un poco las lágrimas de dolor.
-No pasa nada, hombre. No se corte (nunca mejor dicho) y termine de una vez, hágame el favor.

Y así termina la historia del más famoso de todos los Medianos.
Diez años después una tromba de agua barrió La Comarca: para algunas especies la extinción, después de todo, no es tan mala opción.

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