miércoles, noviembre 26, 2008

Miriam Hesse se convierte en Miriam Estévez

Como por arte de magia.

...

Yo pienso, o quiero pensar, que de pequeños somos todos muy fantasiosos. Una vez, estando en los primeros años de la EGB, un compañero y yo nos aventuramos por los pasillos de nuestro colegio durante el recreo. Debíamos estar en el patio, pero en vez de eso corrimos nuestra pequeña aventura y nos introdujimos en el edificio aun a sabiendas de que, si nos pillaban las monjas, nos íbamos a llevar un rapapolvo. Al llegar al almacén de material, apenas un hueco bajo las escaleras, un alumno de unos cursos superiores que estaba dentro nos asustó. Tengo su nombre muy claro, no por buena memoria sino porque es difícil olvidar a alguien que se llama Leoncio. Primer y último Leoncio en mi vida, os lo aseguro.

La fantasía cobra vida: unos años después, al rememorar con el otro chico que me acompañaba la experiencia, y aunque yo tenía muy claro que el tal Leoncio se limitó a salir de la oscuridad haciendo muecas y gritando para intimidar a los renacuajos mocosos que cotilleaban en el desván de las fregonas, me sorprendí al comprobar de que, en la memoria de mi compañero, el tal Leoncio llevaba una careta de monstruo puesta. Yo juraría que no, que su cara era tal que así, con cejas picudas y ángulosa como la que más, pero no puedo asegurar que él no tuviera razón.

Resulta por lo menos curioso, ahora que lo pienso, echar cuentas a todos los recuerdos de mi infancia más profunda (esto es los tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho años) y descubrir que casi todos, por no decir absolutamente todos, son reflejos de momentos inquietantes ocurridos en las cuatro paredes del Luz Rodríguez Casanova de Granada, una escuela que las Damas Apostólicas tienen en la zona norte. Por ejemplo, la sobreprotección de la profesora de primero de párvulos (yo era el más pequeño de la clase). Restregar gomas de borrar contra las mesas y comernos las virutas, en segundo de preescolar. El primer amigo que se te acerca en el patio, otro inadaptado como tú al que, ya a tan temprana edad, no aceptan para jugar al fútbol. El primer día de clase de un nuevo amigo, que viene de otra ciudad. El chico nuevo muy moreno que se sienta a tu lado y se convierte en inseparable. La vergüenza de tener que disfrazarse para la función de teatro de fin de curso. La excursión en tren para ver truchas. No recuerdo, en cambio, hechos más traumáticos como cuando un chico mayor me abrió una brecha en la nuca (sé que pasó esto porque me lo ha contado mi familia) pero sí que fui el primero de la clase en aprenderse de memoria el Sistema Solar, siendo obligado a ir clase por clase para recitarlo (y la mezcla de incomodidad y orgullo de tener que entrar en octavo de EGB para dar la nota delante de tantas niñas mayores y guapas).

Pero hay mucho de fantasía en algunos de esos recuerdos, sobre todos los vinculados a las aventuras de investigación del edificio, que no es grande pero sí tiene sus vericuetos.

La fantasía podría haber acabado allí, pero siguió.

Empecé a escribir en serio, y cuando digo "en serio" me refiero a que era consciente de que era un hobby y no una obligación, sobre los diez años. Comencé mi primera novela casi enseguida, aporreando de mala manera una Olivetti Lettera de mi madre. Creo que conservo algunas de las primeras historias, cosas sobre gallinas futbolistas en Suiza y similares. La novela de la que hablo ya era de ciencia ficción: la Tierra estaba muy perjudicada e iba a enviar una nave colonial a otro sistema para iniciar una nueva civilización. El protagonista era un chico al que la vida no había sonreído y vivía en la miseria, pero por alguna extraña razón tiene un amigo mayor que consigue colarlo de polizón en la nave.

Los niños son muy retorcidos: hice una lista de los tripulantes de la nave, consignando sus nombres, nacionalidades, idiomas, rangos militares (de ser necesario) y edades. También hice una lista de los países que conformaban esa Tierra futura e hipotética con su población, adscripción política, capital, etc. Hice muchas cosas menos terminar de escribir la novela. El resultado fueron una treintena de cuartillas a espacio simple y por las dos caras que todavía conservo. El título del intento de novela era "¡Victoria!" (porque se suponía que, tras una serie de tramas que se desarrollaban en la nave entre varias facciones antagónicas, finalmente encontraban un planeta habitable y triunfaban. Unos pocos, los supervivientes, vamos).

Una de las tripulantes de aquella nave se llamaba Miriam Hesse, y era la hermana pequeña de Karl Hesse, el amigo del protagonista. Sin saber cómo, esa tal Miriam Hesse se convirtió en la heroína de mis sueños de preadolescente, y me enamoré de ella y de la historia que le había inventado: suiza de padres austriacos o algo así, era de pequeña estatura, morena de ojos claros, muy seria y trabajadora, y ante todo muy leal con los suyos. Su hermano Karl era un tipo grande y fornido que podía ser el amigo perfecto (supongo que pensaba eso porque ninguno de mis amigos de entonces eran grandes y fornidos). Me parece que un niño de once o doce años no necesita más que eso: un amigo que lo proteja y una niña guapa y seria que lo admire.

Miriam Hesse fue a más en mis historias en los siguientes años. El personaje de Slobodan Hilezkor*, mi alter ego, nació justo a los trece o catorce años. La guerra de Bosnia estaba en su apogeo (de ahí el nombre de "Slobodan") y en el programa de "La Ventana" de la Cadena Ser, que por entonces presentaba Javier Sardá, se mencionó la palabra euskera de "Hilezkor" y su traducción ("inmortal"). Slobodan Hilezkor, mi otro yo, era así: peligroso como Milosevic e inmortal, un donnadie muy guapo y muy alto y muy rubio, con el pelo muy largo y con bastantes músculos. A nadie se le escapa que yo por aquel entonces era bajito, gordo, con gafas y pelo muy corto. Si no, él no habría nacido.

Ya lejos de la ciencia ficción, y justo cuando me empezaban a gustar de verdad las chicas, Slobodan, Karl y Miriam, en mis historias, devenieron en estrellas del rock. Formaron un grupo llamado "The Flashback", al que se unió el rubio y guapísimo Eddie (trasunto de Kurt Cobain, por cierto) y la teclista Ione Albizu (que se llama, por cierto, igual que una periodista de la televisión de la época, aunque creo que todavía sigue en activo). Eddie murió de sobredosis y eso posibilitó que Slobodan se convirtiera en líder de la banda. No sé qué representaba Eddie en mi subconsciente, pero está claro que lo maté adrede para llevarme la chica y la fama. Dibujé una veintena de carátulas de discos de "The Flashback", anoté las cifras de ventas, los singles, las canciones completas, e incluso llegué a escribir, en inglés, las letras de bastantes de ellas (por lo menos de cuarenta). También guardo esas canciones, aunque no los dibujos de las carátulas de los discos, algo que lamento.

Llegaron los tiempos de instituto y Miriam y su banda ya no eran más que un recuerdo bastante difuso. Ya no estaba enamorado platónicamente de ella sino de chicas de carne y hueso. Pero ella perduró en lo que escribía: en 2000, con veinte años ya, se publicó mi segundo relato, "WAYC" (el título de una canción de The Smashing Pumpkins, por cierto) en una antología del Grupo AJEC que recogía el ganador y los finalistas del concurso El Melocotón Mecánico (ese año ganó José Antonio Cotrina ex-aequo con alguien, no me acuerdo). En "Wayc" aparecen tanto Slobodan Hilezkor como Miriam Hesse, por si alguien tiene la curiosidad de ver en qué se convirtieron.

Pero esa Miriam Hesse ya no se correspondía con nada: ya con catorce o quince años la había renombrado como Miriam Estévez. Yo me consideraba un chico feo, gordo y poco interesante (¡encima sin moto!), más propenso a imaginar amores futuros que a intentar amores presentes, y me dije que era más fácil encontrar a una Estévez que a una Hesse. Y me convencí a mí mismo, durante un instante tan solo, de que si existía una Miriam Estévez ella y sólo ella debía ser la mujer de mi vida.

Me he olvidado del tema hasta hace bien poco, releyendo algunas historias antiguas. Y me ha hecho gracia acordarme de mi infancia y adolescencia, y todavía más de la imagen que yo tenía de esa Miriam que no existía sino en mi cabeza.

Por si acaso, que no se me acerque nadie que responda a ese nombre, ojo.

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*Slobodan Hilezkor no está muerto, ni mucho menos. Si alguna vez ve la luz la novela conjunta que Charlotte y yo estamos escribiendo, podréis comprobar lo hijoputa que es el tal Slobo. Un cabrón. Mucho.

2 comentarios:

Charlotte dijo...

¿Te sirve una chica con apellido extranjero, aunque no se llame Miram?

Charlotte dijo...

Miriam. Ejem.

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