jueves, mayo 28, 2009

La cosecha de Hein san

(Mi pequeño homenaje al espectacular inicio de "La cosecha de Samheim", la nueva novela de José Antonio Cotrina) (Si no la habéis leido todavía, no entenderéis parte de los chistes, por supuesto)


El pobre Hein fue obligado por su malvada instructora, Tomoko, a ir a repartir panfletos de propaganda de su clínica de adelgazamiento por el barrio en compañía de la mocosa de su hermana pequeña, la histriónica Haruko. Lo peor no era eso, sino los disfraces que debían llevar para tal quehacer: ella iba vestida de rulo para el pelo; él, de robot meca celulítico.
Llegado un momento, la pequeña señaló el tejado de una casa cercana, muy nerviosa.
-Hein kun, Hein kun, ¡un monstruo!
Él echó un vistazo y pudo comprobar aquella cosa horrenda mirándole fijamente.
-Estás tonta, no es más que un muñeco de Papa Noel. Los jodidos vagos los ponen en noviembre y no los descuelgan hasta febrero. Capullos.
Hein odiaba a todo el mundo. También se odiaba a sí mismo por gustarle la música de Christina Aguilera y el repollo. Pero dentro de él sabía que era alguien especial.
Volvieron a casa, en donde Tomoko estaba preparando un pastel de calabaza. Al verlos entrar fue hacia ellos con gesto adusto.
-Malditos críos. ¿Seis horas para repartir doscientos pasquines? No servís para nada, teníais que haber llegado hace rato. ¿O es que el garaje se limpia solo?
Hein tropezó con sus propios pies y cayó al suelo.
-¡Es que no sirvo para nada, joder ya! -dijo, levantándose del suelo y corriendo hacia su dormitorio, un cuarto mal empapelado con pósters de películas de Viggo Mortensen.
Se quedó dormido en un santiamén, pero al rato se despertó al escuchar una respiración entrecortada. Encendió la luz y lo vio: un tipo de metro y medio vestido de Elvis Presley lo observaba sentado sobre su escritorio al tiempo que fumaba una pipa de crack.
-Pero... ¿qué cojones? -acertó a decir. El hombre bajito le sonrió, algo que sirvió para tranquilizarlo de inmediato. La habitación olía raro, como aquella vez que Haruko metió el gato en el microondas porque quería verlo dar vueltas en el plato giratorio.
-¿Quién eres tú? -preguntó Hein. El hombrecillo sonrió.
-Soy Démeter Landon, demagogo y protector de la torre de Panzarribaladeado.
-¿Qué?
-Sí, hombre, más leer y menos youtube: una de las torres del fastuoso reino de Rocanrolealandia.
-Hum -bufó el niño.
-¿Qué dirías si te digo que eres especial?
Hein resopló.
-Que ya lo sé. Soy gordo, bizco y colecciono dedales de porcelana -contestó al tiempo que señalaba su escritorio, un maremagno de horrorosos dedales de todos los tamaños.
-Pues eres especial y punto. Anda, firma esto y vente conmigo a Rocanrolealandia. Te lo pasarás dabuten, tío.
Hein echó un vistazo al contrato que le tendía el enano de las patillas, leyéndolo en voz alta. Sólo tardó veintiséis minutos (todo el mundo sabe lo mal que está la educación pública en Japón).
-Yo, Hein Motegi, menor de edad y con mis facultades mentales a medio gas debido al olor a droga dura acepto acompañar a este cuarentón que he encontrado disfrazado en mi habitación mientras yo dormía desnudo a la ciudad de Rocanrolealandia, en donde lo pasaré guay. Cada año, en la onomástica de la muerte de Kurt Cobain, se me dará la oportunidad de volver a mi asquerosa casa a las afueras de Osaka, aunque tendré que devolver toda la ropa con lentejuelas que se me preste durante mi estancia en la ya citada ciudad.
Firmó sin dudarlo.
-¿Y ahora qué?
La niebla que surgía de la pipa se hizo más espesa, ocultando al falso Elvis. Cuando se despejó de nuevo, vio con desagrado que el hombrecillo se había transfigurado: ya no era un simpático Elvis, sino un tipo desagradable idéntico a Richard Nixon.
-Ahora nos vamos. Vas a estar toda tu puñetera vida trabajando para mí en una mina de azufre. Pero no te preocupes, los niños gordos como tú no suelen durar ni tres telediarios allí.
Y rió maléficamente.
-¡No puede ser! ¡Me niego! -Hein se empezó a enojar, pero de la nada aparecieron millones de discos de Ramoncín que empezaron a devorar todo lo que había en la habitación.
-¡Mis dedales! ¡Seréis hijos de puta! -vociferó el crío.
La pequeña Haruko, al oír las voces, salió de su propio dormitorio y, abriendo la puerta, los jaleó:
-Eso, eso, ¡que no quede ninguno!
Luego los vinilos fueron hacia ella, cubriéndola de la cabeza a los pies de malas letras y acordes disonantes.
-¿Pero qué están haciendo? -chilló Hein.
-Están borrando todo rastro de tu existencia en la Tierra.
-¡Mi póster de Alatriste! ¡Nooo! -volvió a gritar al tiempo que corría hacia unos casetes no rebobinados que engullían con afán todos los pósters. Por todo el mundo vinilos, cedes recopilatorios y casetes acababan con toda referencia a Hein. Se comieron su expediente académico, el diploma de haber participado en un concurso de dibujo e incluso aquellas fotos que su tío le hiciera hace unos meses mientras lo espiaba en la ducha.
-Y ahora nos vamos -dijo el Richard Nixon falso. Y ambos desaparecieron.
Nada quedó de Hein en la Tierra, ni un mísero recuerdo en la cabeza de sus familiares y amigos. Pero los discos de Ramoncín cometieron un error, un grave error: no borraron su perfil de Tuenti.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Por lo que veo tu tampoco lo has leído, porque tan solo utilizas la parte del libro que te puedes descargar desde la página del propio autor.

Víctor Miguel Gallardo dijo...

Anda, un listo. :D No sólo la he leído sino que en unos días saldrá una reseña completa en la página www.lecturalia.com

Otra cosa es que me apeteciera hacer una parodia de el primer capítulo en concreto. Leído de un libro físico, no en un pdf (la foto del libro en la playa la hice yo mismo: es mi propio ejemplar y la playa es la de Fuengirola, Málaga).

¡Adiós, listo!

Riki dijo...

Tus pajas mentales no interesan a nadie

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