viernes, enero 07, 2011

Corea

Ya no le quedaban esperanzas de volver a Corea. Esclavo de los japoneses, obligado a trabajar sin descanso en aquella fábrica de munición, su hogar, sus padres, su prometida, no eran más que recuerdos lejanos de tiempos más felices, de noches en las que, acompañado de los amigos y del licor de arroz, bromeaba sin prisa sobre los acontecimientos más peregrinos de la vida cotidiana del pueblo. Ahora, y tras casi año y medio de trabajos forzados, de una escasa ración de mijo, de bofetadas de los operarios y golpes con la empuñadura del sable de los oficiales, tras quince largos meses de humillación, hambre, frío, calor y resentimiento, Corea quedaba más lejana que nunca, ya no sólo separada por un mar, o dos, sino por cientos de ellos.

No quedaban esperanzas, pero, tras conocer a Sook, tampoco lo deseaba ya. Ella, después de todo, estaba aquí, y no allí. Y, cómo él, también había alguien esperándola en Corea: su marido. Sólo llevaban, por lo que le había contado en las breves y entrecortadas conversaciones que sucedían de forma cada vez más espaciada, unos meses de matrimonio (concertado entre las familias, por supuesto). "Ojalá lo hayan matado", pensó Bae, y se sorprendió por enésima vez por desearlo con tanta fuerza y rabia. "No, puede que no esté muerto: puede que sea otro prisionero más, que en vez de aquí, en esta maldita ciudad, esté en otra. O en Manchuria". Y volvía a acordarse de los ojos tristes de Sook, en su andar cansado acarreando arriba y abajo agua para la cocina.

"Si fuera más bonita...", y movió la cabeza, intransigente consigo mismo. Pero era algo evidente, si hubiera sido una chica más guapa no habría acabado trabajando con las mujeres mayores en la cocina: su sitio habría estado, como el de muchas chicas coreanas de su edad, en el prostíbulo. Si hubiera sido muy bonita tal vez habría sobrevivido y tendría una mejor alimentación: los oficiales japoneses son caprichosos. Si sólo fuese llamativa y joven, y casi todas las jóvenes son llamativas, hubiera podido meterse en problemas mucho antes: los soldados japoneses son, además de caprichosos, violentos.

"Nosotros no somos unos animales como ellos", y mirando al resto de su cuadrilla no pudo sino mover la cabeza para alejar imágenes que hubiera preferido no presenciar jamás. Chicos decentes, que en Corea habrían sido buenos jornaleros, o funcionarios locales, o pescadores, a la totalidad de ellos les había visto comportarse, en algún momento de los últimos meses, como lo que en realidad eran todos, japoneses y coreanos, auténticos animales fuera de control. "Ellos nos han hecho así, ellos, su crueldad..." repetía mentalmente, ya sin convencimiento alguno al recordarse a sí mismo luchando con sus propias manos por una ración mayor, por un lugar en la letrina, por un simple trozo de trapo o de cuerda con el que poder adecentarse un poco.

Y Sook siempre allí, en su cabeza, la pobre y triste chica fea de la que los japoneses se burlaban, con sus manos engarrotadas por el frío, sus pies descalzos sobre el barro, su mirada huidiza. "Si volviéramos a Corea", pensaba, pero tampoco podía engañarse en eso. Si él volviera a Corea, tendría que casarse con otra, una chica guapa, de una buena familia del pueblo, una futura buena madre para sus hijos, una futura buena abuela para sus nietos. Más bonita que Sook, desde luego, sin heridas en los dedos, sin el cuerpo aterido por el maltrato de los capataces japoneses.

Pero su esposa tampoco tendría los ojos de Sook. Y él no podía olvidar que, en todos esos meses, ellos habían sido los responsables de que, cada día, hubiera una razón para sentirse menos animal, una razón para sobrevivir.

"Una razón para querer seguir aquí, en Hiroshima, y no volver a mi tierra, con padre y madre, con esa mujer a la que no conozco pero que me espera, su vientre lleno de futuros hijos y nietos".

Y mirando el cielo de aquella mañana de agosto supo que, pasara lo que pasase, no volvería jamás a Corea. No sin Sook.



Durante la guerra fueron llevados muchos conscriptos coreanos tanto a Hiroshima como a Nagasaki para realizar trabajos forzosos. De acuerdo a algunas estimaciones, alrededor del 10% de los fallecidos en los bombardeos provenían de Corea. Se estima, además, que una de cada siete de las víctimas de Hiroshima tenía ascendencia coreana. Durante muchos años los coreanos tuvieron que luchar por que se les reconociera como víctimas de los bombardeos y les fueron negados subsidios por enfermedad, situación que ha ido cambiando poco a poco a través de distintas demandas. (Wikipedia)

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