lunes, enero 03, 2011

Fuera de onda

Por supuesto que tienes sed.
Y ya nada te sacia.

Naciste en un cuerpo equivocado:
las curvas de Silverstone,
la cabeza de un bebé intrasigente.

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Fuimos juntos caminando por la acera de la ancha avenida, sin tocarnos. Había algo en mi pecho que parecía querer desgarrar la carne y avanzar calle arriba, pero me mantuve sereno hasta llegar a la altura de tu portal. Te volviste hacia mí y me dedicaste la primera sonrisa de toda mi vida.

"He esperado este momento desde que naciste", pensé. "Desde que nací. Desde que nuestros cuatro padres vieron la luz en una caja de zapatos, en la casa de la matrona del pueblo, en el hospital, en mitad de la era".

-Mañana tengo clase -dijiste, y se hizo evidente que la última palabra era la mía, que aquello no era un adiós, sino un hasta luego, pero que estaba en mi mano convertir aquella nubosa tarde de domingo en un sol radiante con el que remarcar con fluorescente barato el calendario.

-Tengo algo que decirte -y la punzada en el estómago creció al ritmo en que sus pupilas se dilataban. La miraste de nuevo, te maravillaste de encontrar tanta belleza en un rostro tan vulgar. "El amor es ciego", recordaste. Luego, el reflejo de cada mañana en el espejo volvió a tu cabeza y las piernas empezaron a temblar. "¿Tan ciego?", y la pregunta no era vana: "¿De verdad es tan ciego?".

Pero había una sonrisa en aquel rostro, y tú dijiste lo que debías, de la forma en que debías, torpe, sincera, incompleta. Dientes afilados que aparecen entre los labios que deseabas. Las manos que se entrelazan. Una lengua extraña que irrumpe. Un beso de despedida en las mejillas, junto al ascensor. El andar flotante del que se cree por un momento dueño del universo.

La felicidad más absoluta de una tarde de domingo de un año cualquiera. Perdida en el tiempo. Perdida en la memoria. Tan olvidada como el diario de un niño de catorce años que piensa que todo lo bueno dura para siempre.

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