jueves, febrero 10, 2011

La crin de Damocles


El viento la mece al compás de un diapasón imaginario
el vello de la nuca siempre erizado,
las manos crispadas, una mueca perenne
en el rostro cadavérico, ojeroso, mudo.

El viento la mueve al ritmo que marcan relojes de arena
chirriar de dientes perpetuo,
sudor frío rodando por el cuello,
uñas quebradas, rotas, carcomidas.

¡Que caiga ya, que rueden cabezas,
que mi sangre vertida purifique
tus sicilianos pastos, oh rey Dionisio!

¡Que se haga el silencio tras mi muerte,
y que las plañideras no puedan
ni susurrar en sueños un nombre que no merezco!

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