miércoles, agosto 24, 2011

Diez años


Tenemos los codos desgastados de esperar a la intemperie
subidos como estamos en andamios alados.

(Tienes un cabello color cobre que me marchita el alma,
¿lo sabes, niña?)

1. Obertura

Seguramente yo no era más que un hijo del arado,
mazorca de maíz incompleta, pan y pluma
llegaron a mi noche estrellada
de infartos involuntarios, qué sé yo
de gatos olfateando la niebla.

Mas el felino degusta la sombra
y yo me convierto en el felino.

Veo tu cara en un espejo y grito
hay voces, hay voces
que cocean verdades duras como tumbas.
Me gusta tu aliento, me gustan las raíces de tu losa,
me gustan los ácaros que anidan en las sierpes de tu pelo.

Me gustas tú, en suma,
el amor llegará luego
e inundará mi alma o, tal vez,
simplemente me sumergiré en las aguas oscuras del desvelo.

2. Nudo

Llámalo amor, llámalo un te quiero
con miles de sonrisas desazonadas y envueltas en sangre
(seremos pobres, seremos viejos;
sí, estoy llorando en este mismo momento)
raquíticas ramas de tormenta hundidas en la noche más oscura
brillando
brillando y humeantes
cada vez que rompíamos reglas inquebrantables no escritas
o jodíamos musarapas de esquirlas de odio.

Está bien, somos sinceros,
y eso lo coagula todo, incluso la tempestad.
Incluso la lujuria que no llega,
ese sentimiento de estar perdiéndonos todo,
la angustia de las horas secas,
el sexo vano, el sexo cruel y monotemático,
las cosas que yo sé de ti y que ignoras.

Ese aire que respiras ya pasó por mi garganta
y casi me ahoga.

3. Casi el desenlace

Sigo llorando y escucho
trompetas inundando mi alma.

Es el catecismo de tu cuerpo
que implora:
saca la espada y saja mi cuello
ahora, antes fue pronto y después será tarde
y lo sabes.

Mis tristes y torpes poemas no se equipararán nunca
a tus bordados de letras. Lo sé.
No conozco más tinta que el añil deleble
mientras tú succionas sangre jugos gástricos y esperma
con una total
y absoluta
indiferencia.

4. Conclusión

Vivo en carne viva y penando
con esferas incandescentes de tu cuerpo
sobre mi eterna cabeza.

(Si me la corto se convertirá
en poco más que una pelota)

Hubo un amor, y hubo un rostro,
y tus ojos fueron el teatro de la ausencia.

Que te añoro, eso lo sabe cualquiera.

El amor es hueco, se puede rellenar de penitencias,
y la madre de mis hijos no conocerá jamás
esta verdad ausente con ojos ensangrentados
que desafía gravedades con la máscara
de la más pura complacencia.

--

El último párrafo lo cambié a última hora por ser demasiado explícito. Eso hizo que fuera muy malo. Vale, menos da una piedra.

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