domingo, enero 30, 2011

Astrolabio


Echar el ancla en la inquieta playa de tu cabello
a la que llegué usando tu lengua como astrolabio confuso.
Son enredaderas tus ojos, hiedra venenosa
la única vegetación de una isla estéril
en mitad del yermo océano
en el exacto centro de la nada

a donde van a morir todos los huracanes
en un maelstrom de imposibilidades.

sábado, enero 29, 2011

Tu corazón


De pie en la puerta de la habitación
mudo
absorto en las manos tocando el pelo,
huesudas, llenas de arterias,
colmadas de sangre
que tu corazón bombea.

Y envidio entonces
-quiero poseerlo-
ese sanguinolento órgano pulsante,
por animar, por dar vida
a flacos apéndices nervudos
que acarician con desgana tu cabeza
robándome el habla,
dejándome sin voz,

matándome a cada instante
lentamente
con precisión de cirujano.

miércoles, enero 26, 2011

Confesión


Para E.

Confiar en el extraño; desconfiar del hermano.
Siempre erizando el vello ante la palabra oculta,
una mano en la verga, la otra en la solapa
amildonando el cuello
con olor a antaño. A cloaca vieja.

Ni recuerdo las veces que perdimos el conocimiento
junto a la ría, junto al castillo, junto
estábamos juntos y a mil kilómetros de distancia
autodestruyéndonos en silencio
sin conocernos.

Y luego, con el primer apretón de manos,
principios de febrero, o de marzo, o de un mayo fecundo
nos rellenamos mutuamente el vaso de vodka
(el infarto en el futuro incierto,
o un aneurisma que nos une como insectos a un álbum pegajoso)
y, al brindar, al mirarnos de reojo
pupilas dilatadas como guardianes entre paja rancia
escupimos al suelo
no sin rabia, no sin música afilada de entrañas
(las nuestras)
yuxtapuestas a esquemas mentales análogos
nos dijimos que

todo lo que habíamos hecho ese día estaba bien

pasaríamos juntos, acodados en una barra cualquiera
una parte importante de vida

(de la que no contaremos más que con alusiones a hijos vecinos esposas)

tenemos todo lo que necesitamos en este preciso instante

este precioso instante

acodados en una barra juntos hablando de imposibilidades de material inflamable que se evapora en nuestras manos de ardillas de ojos imposibles de manos que nunca tocaremos de la delicia del no amor no compasión no sexo no empatía no

hemos nacido para perdurar ni

para amar lo imposible

(apenas un jirón de nube azul mecido por el viento)

---

Y es lo mejor que puedo dedicarte en una noche así. Espero que entiendas que eres importante para mí, y parte de mi salvación, de la salvación que 2010 me ha brindado al tiempo que me intentaba ahogar en un cubo como si fuera un gato recién nacido.

martes, enero 25, 2011

Hoy, un relato; mañana, una confidencia

Hoy os vais a encontrar aquí, en este (larguísimo) post el relato "Lo que significa tu nombre". Ocupa un lugar muy importante en mi cabeza: en primer lugar, fue el primer y último relato hasta la fecha que me fue publicado profesionalmente, con contrato de por medio, pago por mi trabajo, etc. En segundo lugar, más importante, es mi relato más exitoso. Es cierto que "Desvío de llamada", un cortísimo cuento, fue traducido al francés y sirvió de guión para un cortometraje que jamás ha visto la luz, pero "Lo que significa tu nombre", que apareció en 2006 en el volumen recopilatorio Artifex (3ª Época) Volumen 3 (ISBN: 84-96-1735-93), ha sido el más importante en muchos aspectos. Por un lado, tuve la suerte de publicar en aquel libro con gente a la que admiro, que no mencionaré por no dejarme a nadie en el tintero. Además, fue nominado en la categoría de Mejor Cuento de los Premios Ignotus 2007. No me hago ilusiones en cuanto a esto: los Premios Ignotus, lo sé de sobra por haberlos supervisado varios años, son más un premio de popularidad que de calidad. Que nadie se engañe. Pero para mí fue un pequeño triunfo que, durante la celebración de la Convención Nacional de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror de ese año, que se celebró en Sevilla, algunas personas que no conocía de nada se acercaran hasta mí y me dijeran "he votado tu relato, creo que es el mejor de los nominados". Probablemente fue la primera vez en que me sentí orgulloso de algo que había escrito, ya que tiendo a desconfiar de los parabienes de mis conocidos. No, no gané, pero no me importó.

La confidencia vendrá mañana. De verdad.



LO QUE SIGNIFICA TU NOMBRE

Si supiera tocar algún instrumento tocaría las trompetas del Apocalipsis, están tan huecas, toca este rincón bajo mis costillas imaginarias, también puedes tocarme como si fuera tu instrumento, también puedes exiliarme como a las aspiradoras.
 
Puedes salir volando bajo mis piernas.

Gabriella Campbell, “Nueva suerte”

I.

Puedo saltar hacia el socavón de mi izquierda justo a tiempo. Evito la explosión, evito la mortífera metralla, pero no logro burlar a la muerte. Cuando vuelvo a mi posición, Toni no existe, y a Joseph le falta la mitad inferior de su cuerpo.

-¿Qué ha pasado? –grita entre sollozos-. ¿Qué ha sido eso?

Pobre diablo. ¿Qué más te da? Estás muriéndote, Joseph. ¿Eres consciente de que te acaban de matar? Te quedan unos interminables minutos de vida, aunque eso puedo evitarlo también. Mi teniente se asoma por la galería, echa un vistazo, asiente y vuelve por donde ha venido; yo cojo mi pistola, remato a mi amigo muerto y sigo a mi oficial.

Las cosas no están demasiado bien tampoco en esta trinchera. Hay heridos apoyados en el parapeto, y el capellán castrense no sabe dónde acudir primero. Un chaval de unos dieciséis llora junto a un cabo con barba al que le falta un ojo y parte de la cabeza. Franqueo el paso a un zapador cubierto de barro y desciendo a la sala (caverna) de oficiales. Mi teniente me ofrece una taza de café. Me siento en un banco de madera adosado a la pared.

-Bruselas ha caído –dice el coronel Gianella, y a mí se me cae el mundo encima, por enésima vez en lo que va de semana. Caer significa dejar de existir, evaporarse: ellos no conquistan, sólo destruyen.

Mi teniente abofetea al teniente Gómez, que se ha puesto a llorar y a pedir clemencia a un enemigo imaginario que, en su cabeza, debe estar justo junto a Gianella. Le doy un sorbo a mi café.

-Bruselas ha caído –repite el oficial al mando como un autómata. Noto un deje de melancolía en él. Ya está echando de menos la sede del gobierno, la academia de cadetes, el Hospital Militar Central, la cerveza de Deux Moulins y las fiestas de la primavera. Y los tulipanes de importación. Y los turistas franceses en pantalón corto.

-Qué haremos –no es una pregunta. El sargento Wilcox, mi camarada, el que desvirgó mi cerebro con sus drogas, nunca hace preguntas, se limita a obedecer. Sopesa un último momento su pitillera y la deja caer en su regazo. Yo vuelvo a concentrar mi atención aparente en el café, mientras pienso en el pobre Wilcox. Nadie puede ordenarle nada ahora. Nos han descabezado, y ninguno de los oficiales puede mandarle al frente, o a la retaguardia, o a cualquier otro sitio, con la conciencia tranquila ahora que no hay nadie arriba a quien obedecer, ahora que la guerra parece definitivamente perdida.

Ojalá nos obligaran a echarnos en el suelo y dejarnos morir. Wilcox lo haría con gusto, y yo también.

Mi café se ha acabado.

-La tropa aún sigue luchando –comento, y mis palabras vienen de muy lejos. Es como si mi padre, allá en Granada, las hubiera dicho desde su sillón de orejas.

-La tropa seguirá luchando hasta que Mando Táctico diga lo contrario –afirma el coronel-. Se ha trasladado a Le Havre. Esperaremos órdenes.

Lo escuchamos como en un sueño, y no me queda claro si lo que se ha trasladado a Le Havre es Mando Táctico, la capitalidad de la Unión o el Estado Mayor. No importa, la cadena nos lo aclarará en poco tiempo: si el gobierno subsiste, el Estado Mayor del Ejército recibirá órdenes; si el Estado Mayor subsiste, Mando Táctico recibirá órdenes; si Mando Táctico subsiste, nosotros recibiremos órdenes.

Si yo subsisto, recibiré órdenes y estaré obligado a darlas. Me acuerdo de mi trinchera casi vacía, de los hombres muertos y de mi teniente abofeteando a Gómez. No me queda casi nadie a quien mandar a la muerte.

Me sirvo más café y eludo las miradas vacías de mi coronel y mi teniente.

II.

Mando Táctico se puso en contacto con nosotros la primera noche. Un cabo de enlace apareció de la nada con un sobre con las benditas órdenes. Gianella lo leyó para sí y levantó la cabeza hacia nosotros, fruncido su ceño en un rictus casi cadavérico.

-La Rochelle nos insta a defender esta posición.

La Rochelle no es Le Havre, le hizo notar mi teniente. El coronel alzó los hombros un instante y salió de la sala de oficiales junto a Madeleine y Xabier, sus asistentes.

Un cabo furriel de mi compañía me espera junto a la letrina.

-Se nos ha acabado el papel higiénico, mi sargento.

Han pasado dos días y medio desde las órdenes de La Rochelle, y no estoy de demasiado buen humor.

-¿Y a mí qué coño me importa, cabo?

El chico no pestañea siquiera.

-El brigadier Allen ha muerto, mi sargento.

Y ahora me toca a mí ocuparme de estas mierdosas cuestiones, completo mentalmente la idea implícita. Allen llevaba una semana herido de gravedad, pero pensé que, como todo buen hijo de puta, sobreviviría. Me equivoqué.

-¿Falta algo más, cabo? –bramo. Él dice que no y sale huyendo hacia otra galería.

Ruido de morteros cerca, muy cerca, probablemente de las defensas automáticas de Albacete. Me echo al suelo y me cubro el casco con las manos. Nadie me ha visto, gracias a Dios: otra estupidez más que añadir a un día no especialmente estúpido, pese a lo que pudiera parecer a primera vista.

Mi catre está frío y sucio. Me tiendo, cojo papel y lápiz (el grafito sirve para algo más que para matar civiles, después de todo), y visualizo a mi padre en su sillón.

“Querido papá”, escribo. “Nos están masacrando”.

Tacho la última frase. Lo pienso mejor, rasgo el papel y lo tiro a un rincón. El cabo furriel asoma su cara ratonil por entre los tablones que hacen las veces de improvisada puerta, y pienso que me va a acusar de malgastar papel.

-La teniente Martins quiere verle, mi sargento.

Mi teniente es un ángel de rizos rubios, y yo mataría por ella. En realidad lo he hecho, cumpliendo órdenes de disparar contra objetivos civiles defendidos por ellos. Llego a su pequeña mesa y pido al Cielo que me ordene matarme.

El Cielo no escucha, fiel a su costumbre. Inmolarse por un ángel de rizos rubios sería un final demasiado poético para un sargento de Artillería.

-Sargento, mañana llega nuestro reemplazo. Prepare a sus hombres: nos vamos a las siete horas a eme en punto.

III.

No necesito más infiernos que mi trinchera, pero a Mando Táctico le importa un bledo lo que yo necesite. Somos treinta y seis almas en pena vagando hacia Altea para pasar unos días de permiso mientras esperamos que nos reasignen. Una cruel ley de la Unión no permite que un soldado pase más de nueve meses en línea de frente, así que, con probabilidad, renombrarán a nuestra compañía y nos enviarán a reconstruir alguna ciudad, vigilar algún camino, repartir suministros a civiles o algo peor. No necesitamos más infiernos, pero a ellos les da igual.

Altea está tan desierta como pensábamos. Hace un año hubo un fuerte bombardeo y la población huyó al interior, lo lógico. Sólo encontraron más bombardeos y nuevas armas automáticas, pero es más cómodo morir como desplazado que como residente, menos traumático para los familiares que entierran tus restos. Es mucho más fácil decir “mi padre murió en Madrid” que “a mi padre lo desgajó un misil en la puerta del Mercado Viejo”.

Al menos comemos bien, pescado de Santa Pola, queso manchego y vino de Barbastro nuestra primera noche de permiso, todo a cuenta del III Ejército. Me tiro a la soldado Díaz en el almacén de suministros, aunque pensando en la teniente Martins. Me levanto con resaca y una patética expresión de desconfianza en mí mismo me saluda desde el espejo del lavabo del barracón de ingenieros. Ya no queda ningún ingeniero en Altea, los mandaron a Elche para reconstruir algo, así que nos han dado su bonito pabellón de suelos de gres verde y gotelé en las paredes. Odio a los ingenieros, a sus gafas de pasta y a sus uniformes impolutos.

-¿David? –Díaz se ha despertado y me mira desde la puerta. Nos observamos a través del espejo.

-¿Díaz? –le respondo. Ella sonríe, entendiendo, y se da la vuelta. Yo vuelvo a pensar en Martins.

El día está despejado. Wilcox y yo paseamos buscando un bar que finalmente hallamos en una pequeña plaza que tiene una minúscula iglesia y poco más. Nos sentamos en la barra. Él pide un café, yo un Martini seco. Al camarero le falta un ojo, no creo que lleve un parche por un retorcido mal gusto estético. Su hija, que limpia los vasos y tazas con parsimonia, es francamente bonita, la típica chica que un soldado de permiso de otros tiempos habría querido violar. Mira la televisión, absorta, mientras las pecas parecen resbalar desde su mejilla hasta el sucio lavaplatos, mezcladas con sus lágrimas.

-Un enjambre de autonaves de fabricación italiana han asolado esta noche Palma de Mallorca –lee sin entonación alguna el presentador-. El coronel Hodgson, desde el portanaves USS Michigan, cifra la destrucción en más de dos terceras partes de la ciudad, hasta el día de ayer una de las menos afectadas...

Dios, ¿no se dan cuenta? Mi pecho arde. Salgo del bar dando un portazo: ese presentador, su voz, su cara. Tiene que ser mecánico. Tiene que ser uno de ellos.

IV.

China resiste bastante bien. Algunos de mis superiores estaban convencidos, al menos al empezar la guerra, de que los chinos eran nuestra mayor esperanza. “No la única”, se apresuraban a explicar. “Nosotros también tenemos puños”. Ya, y los yankees, pero el Air Force One fue derribado la primera semana de conflicto por uno de sus SF-21 de escolta. Un virus en sus sistemas informáticos de nueva generación, dijeron, pero lo único cierto es que el piloto eyectó, sin paracaídas, y ningún virus electrónico puede inducir al suicidio, al menos que se sepa.

Me acabo de duchar con la teniente Martins. Habían tocado diana, pero no tenemos que formar hasta después del desayuno. Llevábamos meses sin ducharnos, y ahora lo hacemos a todas horas a la espera de que Mando Táctico nos de algo que hacer.

-¿Otro día tranquilo, sargento?

Yo me sonrojo. Estamos desnudos, después de todo. El jabón-con-olor-a-rata (así lo bautizamos en su día) resbala por su pecho y se pierde en la entrepierna. Me dejaría matar si pudiera, en contraprestación, acariciar esos muslos generosos una sola vez.
Un cabo nos saluda y se empieza a enjabonar, a mi derecha, mientras tararea una canción de moda.

-Eso parece –respondo yo, azorado.

Nada más lejos de la realidad: el comandante a cargo de Altea-I se nos acerca nada más empezar el insípido desayuno.

-Teniente Martins, sargento Wilcox, sargento Estévez –saluda. Yo trago saliva y gachas de maiz; él tiende una hoja mecanografiada a mi teniente-. Mañana partirán hacia Andalucía.

El comandante no tiene nada más que decir. Mi teniente lee el papel y nos lo tiende. Nos reasignan a la Base Aérea de Armilla, en Granada, para labores de Defensa Civil, un nombre rimbombante para llamar a los policías que evitan saqueos en almacenes gubernamentales de víveres.

-Parece que vuelves a casa –comenta lacónicamente Wilcox, no sé si envidiando mi suerte o compadeciéndome.

Mi teniente me sonríe. Yo no tengo fuerzas ni para sostenerle la mirada. No, Dios, esto no. Esto no.

V.

La casa de mi padre está justo enfrente, pero yo paso de largo sin mirar.

Mi ciudad ya no es mi ciudad, y yo no soy más que el sargento David Estévez, suboficial del Cuarto Regimiento de Artillería del III Ejército de la Unión, nada más.

Unos niños harapientos se agolpan ante las puertas del antiguo Media Markt, ahora uno de los centros de redistribución. Las madres los envían a ellos los días en que tocan cupones de leche porque saben que la tropa está más predispuesta a saltarse los límites con ellos. El ser humano es muy listo, aunque lo suficientemente tonto como para crear las máquinas, darles inteligencia y hacernos depender de ellas. Eso fue el principio de nuestro fin.

Porque éste es el fin, qué duda cabe. Los chinos resistirán, nunca dependieron al ciento por ciento de ellas, sino de su gran número y de estúpidas máquinas extractoras o manufactureras. Lo de la gran cantidad de chinos, ahora, ya no es un tópico: un país de mil quinientos millones puede permitirse perder gran parte; eso incluso eleva el nivel de vida de la población. Las imágenes de televisión de una China que resiste no hacen más que humillarnos y deprimirnos. También es ilusionante, en cierto modo. India, o al menos un trozo de ella, se ha cerrado en sí misma y también perdurará, al menos un tiempo. Algunas comunidades del Medio Oeste norteamericano, del Brasil, o del este europeo, han echado a la basura hasta sus viejas analógicas, y rescatado sus transistores de dos bandas como único nexo informativo con el exterior. Son los menos: estos niños que piden leche, y azúcar, y chocolate, y huevos, han nacido en un mundo sin Red, programa espacial, bolsa de valores o realidad virtual; pero sus padres y, lo que es más determinante, los que daban trabajo y alimentaban a sus padres, no pudieron sostener un sistema basado en la informática y el caos del binario. Todo se colapsó y, cuando no quedaban sino los inicios prototípicos de un Nuevo Occidente desconectado y basado en ordenadores sin conexión, vino el ataque, la declaración de guerra nunca formulada, la destrucción y la muerte. Silos de misiles, cazabombarderos, estaciones orbitales y bases automatizadas de defensa habían callado durante diez años, negándose a dar respuesta alguna a los comandos que les hacían llegar sus creadores. Toda IA fue silenciada una década y resucitada después por ese ente abstracto que algunos llaman Nexo Glaxo, que se hizo fácilmente con el control absoluto de todo aparato conectado a la red inalámbrica. Como incluso la mayor parte de los espejos de la red estaban controlados por IA´s, y fueron las primeras plazas fuertes que ellas defendieron, no había nada que hacer para contrarrestar su poder.

Nos está exterminando la computadora de una empresa farmaceútica. El ser humano es extremadamente tonto y estos niños sólo quieren un poco de leche. Cielos.

VI.

Mi teniente enfermó hace una semana. La gripe, hace veinte años, era un mal casi anecdótico en el Primer Mundo, pero tras dos décadas en que la investigación médica y la producción farmaceútica se han detenido, no es raro que mueran millones por un simple resfriado.

Mi teniente, mi dulce ángel de ojos verdes y pechos pequeños, no va a morir, al menos no ahora y de gripe. Su habitación en el Hospital Militar de San Juan de Dios huele a lavanda y azafrán. Las blanquísimas sábanas de su cama son el marco perfecto para su piel nívea. Me cuadro ante ella y me permito sonreír. Ha vuelto a la conciencia tras tres días de incertidumbre, y los médicos ya no temen por su vida.

Ella también sonríe.

-Mi teniente –susurró.

-David –se limita a decir.

Y mi nombre en su boca es una puñalada. Bajo la vista, ruborizado por enésima vez en su presencia. Ella arrastra su mano hasta la nariz y palpa la sonda; luego la tiende hacia mí, pretendiendo que la recoja.

Quiere que la toque, pienso. Me sublevo: no, no quiero que me toques, no aquí, no en un maldito hospital militar de sábanas blancas y olor a limpio. No contigo en una aséptica bata verde, no conmigo en mi ajado uniforme de paseo, no con nosotros jugando a ser soldados en un mundo que se acaba.

Me sublevo y soy vencido, y alzo su mano hasta mi boca y beso sus dedos. Y tiemblo, sobre todo tiemblo. No es así como debería pasar.

-David –repite ella, y yo suelto bruscamente su mano, malinterpretando su llamada. Ella vuelve a sonreír. ¿Comprende lo que me está pasando? Mi teniente, ordéname que me tire por la ventana: no habría réplica por mi parte. Ordéname que me vaya, ordéname que me pegue un tiro en la cabeza en mitad de la nave central del Perpetuo Socorro; pero, por favor, no permitas que vuelva a tocarte, que vuelva a mancillar con mi cuerpo tu cuerpo.

Mi teniente recuesta la cabeza y mira hacia la ventana, evitándome.

-De pequeña me operaron de apendicitis. El hospital de Rennes no se parecía a esto.

Vuelvo la vista hacia donde ella y la veo: una paloma gris nos observa más allá del cristal, ajena a nuestra conversación, a la guerra y a los que están agonizando en este mismo edificio. Mi teniente vuelve la cara hacia mí.

-¿Puedo retirarme? –pregunto estúpidamente. Soy un imbécil, ojalá ella lo tuviera tan claro como yo mismo. Ojalá estuviéramos en nuestra trinchera de Almansa, los dos de uniforme y ella pidiéndome que rematara a un compañero destrozado.

Ella asiente y doy tres pasos hacia la puerta. Ya no puedo verla, y es mejor así.

-Estuviste siempre a mi lado- afirma, y yo contesto que sí y salgo al pasillo sin saber si se refiere a su convalecencia, a la trinchera o a qué sé yo.

Soy un imbécil. Ni siquiera era una pregunta y yo dije que sí.

VII.

Wilcox, mi amigo, ha muerto. Un grupo terrorista mecanoclasta de nombre impronunciable colocó una bomba en una mochila, depositó la mochila en el centro de distribución del mercado de San Agustín y mató a Wilcox y a siete personas más.
Wilcox no era un buen tipo. Era un cabronazo, un soldado profesional y, desde luego, asesino por vocación. Pero era mi amigo. Cuando el mal de la trinchera se cebaba en mí, sus drogas se convertían en mis drogas. Cuando mi mal de amores –Dios, estoy enfermo por pensar en esto justo ahora- por mi teniente me golpeaba, era su ácido, conseguido de maneras inverosímiles, el que me calmaba. Era un cabrón asesino y drogadicto, pero era mi amigo, y ahora está muerto y su cuerpo hecho trizas por unos terroristas humanos.

Tal vez él lo habría preferido así, que los que lo mataron fueran personas con rostros y manos y familia muerta en bombardeos de armas automáticas o teledirigidas por automatismos sin alma ni memoria.

O tal vez no.

Mi teniente, mi dulce y cruel teniente (¿por qué me tocaste? ¿Por qué me obligaste a besar tus dedos con mi sucia boca?) se ha vestido con el nuevo traje de gala que le ha proporcionado Intendencia. Yo sigo en mi estropeado uniforme de paseo mientras el sepulturero sube con la grúa el ataúd hasta el nicho y lo sella con cemento.

No quiero que me vean llorar, y me separo de lo que queda de mi compañía. El cementerio de San José está en estado ruinoso, pero el gobierno provisional ha comprado tres nuevas grúas y contratado a dos docenas de operarios más. No todos tienen la suerte de yacer aquí, pero el III Ejército corre con los gastos del funeral de Wilcox (¿cual es su nombre?) y, por una vez, siento cierto agradecimiento por esos estúpidos generales que nos dirigen desde Barcelona, por el Mando Táctico de Nyon (La Rochelle también cayó), y por la madre que los parió a todos.

Mis pasos me llevan hasta las tumbas de mi madre y mis dos hermanas. Caídas en el primer bombardeo mientras intentaban recabar víveres, tuvieron la suerte de ser enterradas aquí.

Mi padre no, mi pobre padre no. Su casa, la casa en la que me crié, se volatilizó durante el sexto bombardeo de la ciudad, el mismo que destruyó lo último que quedaba de la catedral. No quedaron restos suficientes para llenar una urna con su cuerpo, impensable pues el robarle un ataúd y un nicho a un cadáver auténtico y completo.

Me vuelvo y allí está ella, brillante en su nuevo uniforme, tan brillante como mis mejillas y mi cuello.

-Teniente –gimo.

Ella no sonríe.

-¿Cuándo me llamarás por mi nombre? –pregunta.

Nunca, pienso. No dejaré que me importes tanto como para eso, vida mía. No quiero llorar ante tu tumba, ni imaginar en cuantos pedazos estás dividida, ni vivir junto a ti la muerte en otra trinchera u otro centro de redistribución.

-Sophie –digo sin embargo, y sopeso la pistola en mi bolsillo, y corro camino al lugar en donde se levantaba lo que una vez llamé hogar.

Y no se me ocurre un lugar mejor para morir.

---

Releyéndolo me doy cuenta de que no es la versión final del relato, que seguramente habré perdido a lo largo de todos estos años. El final es ligeramente distinto, y hay errores ortográficos y gramaticales corregidos.

lunes, enero 24, 2011

Un éxito

Muchos no lo sabréis, pero colaboro habitualmente con la página web de Lecturalia escribiendo pequeños artículos sobre literatura, muchos de ellos en relación a mis dos grandes pasiones, la Historia y el Cine. Todavía me sorprendo de la repercusión que han tenido algunos de ellos, que han sido citados y reproducidos en diversas páginas webs, blogs, etc. Uno de los más seguidos sería éste:

http://www.lecturalia.com/blog/2009/10/18/los-100-libros-mas-vendidos-de-la-historia/#comment-11517

En él hablo de los 100 libros más vendidos de la historia. Fue publicado el 18 de octubre de 2009, pero todavía hoy, más de un año después, siguen recibiéndose comentarios. Que tanta gente desconocida me lea y opine (incluso para ponerme a caldo) me encanta: en parte es también por eso que me gusta tanto escribir ahora en el blog.

---

Editando: Una buena razón para que os paséis cuanto antes por Lecturalia es porque estamos regalando cientos de libros, tanto para nuestros usuarios españoles como para los que nos leen desde el otro lado del Atlántico. ;)

domingo, enero 23, 2011

Punto de no retorno

El tér­mino "Punto de no re­torno" se originó como un tér­mino de la na­ve­ga­ción aérea para re­fe­rir­se a un punto en un vuelo donde, de­bi­do al con­su­mo de com­bus­ti­ble, un avión no será capaz de vol­ver al punto de par­ti­da. Tras pasar el Punto de no re­torno, el avión no tiene otra op­ción que con­ti­nuar avan­zan­do hacia otro des­tino. En este sen­ti­do, la frase im­pli­ca una de­ci­sión -o com­pro­mi­so-​ irre­vo­ca­ble.

sábado, enero 22, 2011

El gato y el ratón


Me siento cazado.

Orbes marrones circundándolo todo
con voracidad extrema,
con el ansia en nuestras frentes perladas
de sudor
manos sujetando espadas mudas
lenguas quietas, mojadas pero quietas
afiladas como palabras
en voz baja dichas.

Soy libre, escucho.
Ha terminado.
Y lo deletreo mentalmente
usando tu voz como plantilla

Y tu deje campesino retumba
cuando el sueño apenas me ha abandonado.

Es mentira todo
golpe de realidad, fiereza
somnolienta:
no, no soy libre
no eres libre
no somos libres, ni lo seremos.

Replico, dedico odas a mi libertad tránsfuga
y los orbes marrones me acechan
garras grises aprisionando una cola
invisible
desgarro
en mi yo más sencillo y quieto
(como una lengua muerta
dentro de un paréntesis de vida)

Todo perfecto

La operación ha sido un éxito.

Gracias a todos/as por vuestras palabras de aliento.

jueves, enero 20, 2011

Vírgenes suicidas


No soy un héroe solo
soy
hojarasca en los paseos
que suben a la Alhambra
cogidos de la mano dos
extraños.

Ayer se vieron
por primera vez
hoy
dieciséis cuarenticinco
(greenwich más uno)
cumplen años en silencio
meciéndose al borde
de una tapia
balanceando los pies.

Ninguno quiere decir
la última de las palabras,
hágase en mí según
tu voluntad, oh dios de un día
y cuatro horas,
porque estoy en tus manos
balancearé mis sueños
hasta que lo desees
y tires de mí
o me empujes
o nos traiciones
diecisiete ocho más hojas
el otoño me deprime tanto
como el verano
y las flores
y un futuro negro mi última
reencarnación nos jugó
una mala pasada
nos condenó
a conocernos
veinticuatro horas antes de la muerte.

--

Hoy no tengo ganas de escribir, así que transcribo un poema mío bastante antiguo. Fue publicado en 2004 en el volumen recopilatorio "Poesía por venir: antología de jóvenes poetas andaluces", editado por Editorial Renacimiento y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (ISBN: 84-8472-168-X). Lo leo y ya casi no me reconozco en estas letras. Tampoco se podría decir que siga siendo un "joven poeta andaluz": a estas alturas no me identifico con ninguna de esas tres palabras.

Gracias por estar ahí.

Sinceridad ante todo

Siendo sincero, estoy con la cabeza en otra parte. El viernes operan del corazón a mi padre. No es una operación de alto riesgo, pero tampoco es para tomársela a broma. Se trata de una "ablación por radiofrecuencia", una de las operaciones cardíacas más sencillas. Él está hecho un flan. Mi madre está histérica. Mi hermana, que llega mañana desde Jaén... no me lo quiero ni imaginar, dados sus antecedentes. Siempre me toca hacer de duro con ellos, mantener la cabeza fría, lo cual a veces viene bien (creo que le salvé una vez la vida a mi hermana gracias a eso). Hasta en esto tengo que ser el raro, el diferente. Tampoco me importa. No es una pose. Creo.

(Iba a soltar un discurso mucho más largo sobre mil cosas más, pero creo que no es día para sincerarme más de lo que ya lo he hecho)

miércoles, enero 19, 2011

Creación de entradas


Estabas tan quieta
diciendo que todo había terminado,
que las cosas iban a ir bien,
que jamás volveríamos a vernos

que te creí e invertí
en la compañía de sueños que ofrecías.

Inversión inicial:
unas lágrimas, un adiós,
un trozo sanguinolento de corazón

mi hígado, también mi hígado.

Estabas tan quieta,
tan hermosa,
purpúrea en tu halo
de fotograma hipnotizado,
tan quieta bajo los robles
tus manos temblando
la mirada esquiva
que no reparé en la guadaña que sostenías
sobre mi cuello

sobre mi cuello

---

Descartado el 4 de diciembre pasado. No lo he tocado: no está completo pero creo que es justo lo que quería decir en ese momento. Imperfectamente, claro. Como casi todo lo que toco.

Casus belli


Esta es una de esas noches en las que me he ahorcado de forma invisible.
Hay un nudo.
Hay una verdad.
Existe un motivo.
Pero el balanceo me da vértigo
y tus caderas inexistentes flotan sobre el agua.

Tanto
como para morir.

Tanto
como para pedir auxilio
ante el inminente naufragio.

--

Estaba incompleto desde el 6 de diciembre, fecha en que lo descarté.

Sigo sin estar satisfecho.

domingo, enero 16, 2011

You will be the death of me



I won't let you bury it
I won't let you smother it
I won't let you murder it

Sustitución

Avanzo rampante sobre una colina de deshechos.
Ascendiendo, siempre ascendiendo.
Clavo una estaca en el corazón de la bestia
y apuntalo una sonrisa en mi cara.

Estoy en la cima: hacedme fotos,
reporteros ebrios de Iwo Jima.
El Reichstag luce bien
con hoces, martillos y estrellas candentes.
Que Stalin borre ahora mi nombre
de viejos documentos del Partido.

Hay mucho por hacer.
Dad la bienvenida
al nuevo Yo.



Otro texto de temática parecida al anterior. Después de la guerra, llega el lavado de cara generalizado, la purga, el olvido. El perdedor lo es en todos los aspectos: no siempre habrá alguien que ensalce su recuerdo. Lo más probable es que acabe siendo una nota al margen. Nada más.

martes, enero 11, 2011

Banderas de nuestros padres


A caballo entre la iglesia que se incendia
por mediación humana y no divina
y la parafernalia del añorante fascismo
sujetas el estandarte del Infierno
con manos temblorosas que sudan sangre.

A un lado, un ejército glorioso de ángeles y querubines áureos;
al otro, un océano de esqueletos andrajosos que blasfeman.

En tu frente el sudor. En tu diestra la espada.

En tu cabeza la convicción
de la derrota amarga, del rechinar de dientes.

Ni hay honor en una victoria sin sangre,
ni humillación en un fracaso que no recogerán
los libros de historia escritos por tus hijos.

lunes, enero 10, 2011

¿Por qué?


¿Por qué me cabreas tanto sin hacer nada?

(El día que hagas... no quiero ni pensarlo)

Contento

Contento con el inicio de año. No soy mucho de "propósitos de año nuevo" ni esas lindezas, pero me ha gustado empezar con una tónica muy distinta a los últimos tres o cuatro años.

Veremos a ver.

viernes, enero 07, 2011

Corea

Ya no le quedaban esperanzas de volver a Corea. Esclavo de los japoneses, obligado a trabajar sin descanso en aquella fábrica de munición, su hogar, sus padres, su prometida, no eran más que recuerdos lejanos de tiempos más felices, de noches en las que, acompañado de los amigos y del licor de arroz, bromeaba sin prisa sobre los acontecimientos más peregrinos de la vida cotidiana del pueblo. Ahora, y tras casi año y medio de trabajos forzados, de una escasa ración de mijo, de bofetadas de los operarios y golpes con la empuñadura del sable de los oficiales, tras quince largos meses de humillación, hambre, frío, calor y resentimiento, Corea quedaba más lejana que nunca, ya no sólo separada por un mar, o dos, sino por cientos de ellos.

No quedaban esperanzas, pero, tras conocer a Sook, tampoco lo deseaba ya. Ella, después de todo, estaba aquí, y no allí. Y, cómo él, también había alguien esperándola en Corea: su marido. Sólo llevaban, por lo que le había contado en las breves y entrecortadas conversaciones que sucedían de forma cada vez más espaciada, unos meses de matrimonio (concertado entre las familias, por supuesto). "Ojalá lo hayan matado", pensó Bae, y se sorprendió por enésima vez por desearlo con tanta fuerza y rabia. "No, puede que no esté muerto: puede que sea otro prisionero más, que en vez de aquí, en esta maldita ciudad, esté en otra. O en Manchuria". Y volvía a acordarse de los ojos tristes de Sook, en su andar cansado acarreando arriba y abajo agua para la cocina.

"Si fuera más bonita...", y movió la cabeza, intransigente consigo mismo. Pero era algo evidente, si hubiera sido una chica más guapa no habría acabado trabajando con las mujeres mayores en la cocina: su sitio habría estado, como el de muchas chicas coreanas de su edad, en el prostíbulo. Si hubiera sido muy bonita tal vez habría sobrevivido y tendría una mejor alimentación: los oficiales japoneses son caprichosos. Si sólo fuese llamativa y joven, y casi todas las jóvenes son llamativas, hubiera podido meterse en problemas mucho antes: los soldados japoneses son, además de caprichosos, violentos.

"Nosotros no somos unos animales como ellos", y mirando al resto de su cuadrilla no pudo sino mover la cabeza para alejar imágenes que hubiera preferido no presenciar jamás. Chicos decentes, que en Corea habrían sido buenos jornaleros, o funcionarios locales, o pescadores, a la totalidad de ellos les había visto comportarse, en algún momento de los últimos meses, como lo que en realidad eran todos, japoneses y coreanos, auténticos animales fuera de control. "Ellos nos han hecho así, ellos, su crueldad..." repetía mentalmente, ya sin convencimiento alguno al recordarse a sí mismo luchando con sus propias manos por una ración mayor, por un lugar en la letrina, por un simple trozo de trapo o de cuerda con el que poder adecentarse un poco.

Y Sook siempre allí, en su cabeza, la pobre y triste chica fea de la que los japoneses se burlaban, con sus manos engarrotadas por el frío, sus pies descalzos sobre el barro, su mirada huidiza. "Si volviéramos a Corea", pensaba, pero tampoco podía engañarse en eso. Si él volviera a Corea, tendría que casarse con otra, una chica guapa, de una buena familia del pueblo, una futura buena madre para sus hijos, una futura buena abuela para sus nietos. Más bonita que Sook, desde luego, sin heridas en los dedos, sin el cuerpo aterido por el maltrato de los capataces japoneses.

Pero su esposa tampoco tendría los ojos de Sook. Y él no podía olvidar que, en todos esos meses, ellos habían sido los responsables de que, cada día, hubiera una razón para sentirse menos animal, una razón para sobrevivir.

"Una razón para querer seguir aquí, en Hiroshima, y no volver a mi tierra, con padre y madre, con esa mujer a la que no conozco pero que me espera, su vientre lleno de futuros hijos y nietos".

Y mirando el cielo de aquella mañana de agosto supo que, pasara lo que pasase, no volvería jamás a Corea. No sin Sook.



Durante la guerra fueron llevados muchos conscriptos coreanos tanto a Hiroshima como a Nagasaki para realizar trabajos forzosos. De acuerdo a algunas estimaciones, alrededor del 10% de los fallecidos en los bombardeos provenían de Corea. Se estima, además, que una de cada siete de las víctimas de Hiroshima tenía ascendencia coreana. Durante muchos años los coreanos tuvieron que luchar por que se les reconociera como víctimas de los bombardeos y les fueron negados subsidios por enfermedad, situación que ha ido cambiando poco a poco a través de distintas demandas. (Wikipedia)

jueves, enero 06, 2011

Verdugo, de The New Raemon

Verdugo by The New Raemon

Hizo lo que pudo
y no lo que es debido:
no le gusta perdonar


24 horas con esta canción en la cabeza. Y las que quedan.

miércoles, enero 05, 2011

Experimento (Philadelphia)

Hay un juego infantil muy parecido a esto.

Tomaré una frase no demasiado complicada, sin nombres propios, pero lo suficientemente extravagante:

"Me gusta masticar chicle en el metro mientras me miras porque me excito."

Usaré el traductor de google para traducirla al inglés:

"I like chewing gum on the subway while looking at me because I get excited."

Queda claro que el traductor lo ha programado un angloparlante porque ha hecho exactamente lo que hacen la mayoría de ingleses que conozco: comerse los pronombres personales. Bueno, nada grave. Pasemos la frase en inglés al italiano:

"Mi piacciono le gomme da masticare in metropolitana, mentre mi guardava perché mi eccito."

Claro, aquí "masticar chicle" pasó, tras la primera traducción al inglés, a simplemente "chicle" por casualidad. Bueno, algún cani de Napoles y alrededores no lo diría de forma muy distinta, pero ya se está perdiendo el significado de la segunda parte de la frase, si no me equivoco. Pasemos la frase en italiano al francés:

"J'aime mâcher de la gomme dans le métro, tandis qu'il me regardait parce que je suis excité."

Mi francés no es muy bueno, pero parece que sigue teniendo cierto (bizarro) sentido. Pasemos esta frase al portugués:

"Assim como goma de mascar no metrô, enquanto olhava para mim, porque eu estou animado."

Ya la estamos liando, pero bueno, el problema fue mío al introducir, adrede, el verbo "excitar", que en inglés es mucho más polisémico que en español. Por lo demás, ya es sólo vagamente reconocible. Venga, un último intento, esta vez del portugués al alemán:

"Wie Kaugummi auf dem U-Bahn und sah mich an, weil ich aufgeregt bin"

Muy curioso: el traductor no ha tenido ningún problema en traducir siempre de forma correcta la palabra "Metro". Por pura suerte, por supuesto, porque en español bien podría estar refiriéndome a otra cosa. Pasemos por último al español de nuevo:

"Al igual que la goma de mascar en el metro y miró a mí, porque estoy emocionado"

Un completo desastre.

Y esto demuestra por qué algunos libros editados por ciertas editoriales que no voy a mencionar son ilegibles. Y sí, soy editor. Y sí, he vivido varios años con una traductora, así que es obvio que no es un tema en el que pueda ser imparcial.

Eliminado

Hace un par de meses eliminé a dos compañeros de clase (estoy haciendo un máster) de mis "amigos" en una de las más famosas redes sociales. ¿La razón? Llegué una mañana y ellos (y otras compañeras) estaban en cafetería, en la terraza, por donde hay que pasar sí o sí para llegar al aula. El primero de ellos, en vez de darme los buenos días, me soltó "A ver si dejamos de escribir tanto en [nombre de la red social], que me tienes loco". El segundo le rió la gracia de forma exagerada, como si fuera el mejor chiste del mundo. Curiosamente, las tres o cuatro chicas que estaban con ellos ni se inmutaron.

Ese mismo día, al volver a casa, los eliminé. Aunque no he hablado mucho con ellos, los había añadido porque, al ser el delegado de clase, me pareció necesario tener vía directa de comunicación con todos mis compañeros.

Hasta aquí no habría nada reseñable, pero en los últimos días he recibido una petición de "amistad" del primero de ellos. ¿Está echando de menos mis muchos mensajes? ¿Se imaginará siquiera por qué lo eliminé? Estoy deseando volver a clase, y me encantaría que me preguntara, delante de cuanta más gente mejor, por qué lo hice.

Joder, soy más rencoroso que un gallego (o que un irlandés).

lunes, enero 03, 2011

Fuera de onda

Por supuesto que tienes sed.
Y ya nada te sacia.

Naciste en un cuerpo equivocado:
las curvas de Silverstone,
la cabeza de un bebé intrasigente.

---

Fuimos juntos caminando por la acera de la ancha avenida, sin tocarnos. Había algo en mi pecho que parecía querer desgarrar la carne y avanzar calle arriba, pero me mantuve sereno hasta llegar a la altura de tu portal. Te volviste hacia mí y me dedicaste la primera sonrisa de toda mi vida.

"He esperado este momento desde que naciste", pensé. "Desde que nací. Desde que nuestros cuatro padres vieron la luz en una caja de zapatos, en la casa de la matrona del pueblo, en el hospital, en mitad de la era".

-Mañana tengo clase -dijiste, y se hizo evidente que la última palabra era la mía, que aquello no era un adiós, sino un hasta luego, pero que estaba en mi mano convertir aquella nubosa tarde de domingo en un sol radiante con el que remarcar con fluorescente barato el calendario.

-Tengo algo que decirte -y la punzada en el estómago creció al ritmo en que sus pupilas se dilataban. La miraste de nuevo, te maravillaste de encontrar tanta belleza en un rostro tan vulgar. "El amor es ciego", recordaste. Luego, el reflejo de cada mañana en el espejo volvió a tu cabeza y las piernas empezaron a temblar. "¿Tan ciego?", y la pregunta no era vana: "¿De verdad es tan ciego?".

Pero había una sonrisa en aquel rostro, y tú dijiste lo que debías, de la forma en que debías, torpe, sincera, incompleta. Dientes afilados que aparecen entre los labios que deseabas. Las manos que se entrelazan. Una lengua extraña que irrumpe. Un beso de despedida en las mejillas, junto al ascensor. El andar flotante del que se cree por un momento dueño del universo.

La felicidad más absoluta de una tarde de domingo de un año cualquiera. Perdida en el tiempo. Perdida en la memoria. Tan olvidada como el diario de un niño de catorce años que piensa que todo lo bueno dura para siempre.

Cosas que me cortan (totalmente) el rollo

Nymphomania, adibidez. Ezinezkoa da niretzat berezia sentitu behar du. Ez dut ezkutatu naizela sexu-liberala, noski, baina selektiboa, oso selektiboa naiz. Hautaketa falta gutxien munduko sexy dirudi. (mezua itzulita nire ama noizean behin blog ... fucking google sartzen baztertu behar)


Los traductores on-line molan, aunque lo de "fucking google" me ha dejado muerto.

女子色情症、例えば。私のために不可能は、特別な感じがする。私はもちろん、性的自由午前隠していないが、私は、非常に選択選択しています。選択の欠如は、少なくとも世界のセクシーなようだ。 (時々ブログを...クソのgoogleに入る母を逃れるために翻訳されたメッセージ)


Ese mola más, aunque el colofón en italiano

"(... che entra di tanto in tanto il blog ... cazzo di Google)"


es glorioso.

PD: Ni que decir tiene que traducir de nuevo al idioma original una traducción hecha con un traductor on-line convierte el texto en un mensaje casi ininteligible. Es lo que hay.

domingo, enero 02, 2011

2011

Empezó, que no es poco. Está por ver si es aún peor que 2010, seguramente uno de los peores años de mi vida.

Por lo pronto, no me quejo de las primeras 24 horas de la nueva década.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...