jueves, abril 28, 2011

Una palabra que odio: Tolerancia

Define la palabra "tolerancia" el Diccionario de la Real Academia, en su segunda acepción, como

Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.


Yo, sin embargo, le doy un significado algo distinto. Normalmente, cuando hablamos de tolerancia, o alguien se define como "tolerante", me huele a chamusquina. Respeto, sí, porque no hay más huevos, añado yo. Yo no soy tolerante con los homosexuales, los que votan a partidos que no me gustan o a los que les gusta el curling. No, no es tolerancia lo que siento ante sus ideas, creencias o prácticas, que son obviamente diferentes (o incluso contrarias, en el caso de la política) a las mías: creo que están en todo su derecho. Tolerar, para mí, es sinónimo de molestar. Y a mí no me molestan en nada. ¿Por qué debería ser tolerante con ellos? Los acepto, y no hay más vuelta de hoja.

Seguiré pensando que algo traman todos esos "tolerantes" que hay por todas partes. Y, de cierta manera, haré una excepción con ellos y los toleraré.

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Mañana día 29 de abril, en el local de la Asociación Musical Undersound de Granada, en la calle Pintor Zuloaga número 2, presentaré mi nuevo libro, llamado "Histerias minúsculas", genialmente ilustrado por el dibujante catalán Gerard Tauste. Es mi cuarto libro publicado: teniendo en cuenta que los dos primeros fueron compendios de relatos, el tercero un poemario (escrito a cuatro manos con Gabriella Campbell) y éste es una antología de microrrelatos, y siguiendo la serie lógica, me temo que el siguiente será un poemario de haikus. Viva la ley del mínimo esfuerzo.

PD: No, ya en serio, ya hablé de uno de mis proyectos, el de un poemario ilustrado por la ilustradora Soraya Molina. No es el único: también con ella estoy preparando un libro infantil cuyo título provisional es "Chloe y el huevo", y que espero que no tenga referencias específicas a Bataille (por lo que pudiera pasar). Otro proyecto a corto plazo es modificar uno de mis relatos para convertirlo en cortometraje (el cineasta en ciernes Daniel Corredera tiene la culpa) y convertir en palabras unas fotografías de Elena, una fotógrafa madrileña. Vamos a ver.

jueves, abril 14, 2011

¿Qué Tercera República queremos?


Sí, está muy bien eso de que una parte cada vez mayor de la población española se defina como "republicana". El hastío hacia los Borbones y sus comportamientos en los últimos tiempos ha ayudado, y mucho. Aquella frase que supuestamente dijo Julio Anguita de "no soy monárquico, soy juancarlista" (que luego se apropió como suya ese "granadino universal" que es Jaime Peñafiel; yo sinceramente dudo mucho que Anguita dijera tal cosa) ha sido el caballo de batalla de gran parte de la izquierda durante años: vilipendiar la Monarquía como institución y, a la vez, reconocer a Juan Carlos I como pieza fundamental de la transición democrática. Nunca sabremos del todo hasta qué punto nuestro actual monarca evitó una contienda civil en 1981, ni sus opiniones al respecto de la legalización del PCE. Más que a él yo le daría ese título de "salvador de la democracia" al otrora vilipendiado Adolfo Suárez, pero esa es una opinión más que personal.

Está claro que poca gente se atrevía hace diez años a levantar la voz en contra de Juan Carlos I. Hoy día, y aunque sigue siendo muy querido por gran parte del pueblo (ese mismo que adora a Belén Esteban: no tiene, pues, mucho mérito), es objeto de chistes y chanzas al por mayor. Su hijo, en cambio, no goza de tantas simpatías. Cae mal. Es visto como un advenedizo, un "hijo de papá", nunca mejor dicho, que vive del cuento y de su predestinación a ser rey de todos los españoles.

Habrá república, más temprano que tarde. Veremos a Felipe ser convertido en Felipe VI, eso también es seguro. Y me gusta ver que el republicanismo gana adeptos, no ya entre la izquierda, sino incluso entre la derecha. Pero, ¿qué república queremos?

El mayor problema a nivel político de este país no es que tengamos una Monarquía Parlamentaria y no una República. ¿De qué nos serviría cambiar de sistema para seguir encumbrando a los mismos que hoy ocupan cargos públicos? ¿Es que, por el simple hecho de ser "republicanos" nuestros políticos van a ser más honrados, consecuentes y eficientes? ¿Es que por un simple cambio de denominación del nombre oficial del Estado este invento de las Autonomías va a funcionar mejor?

Yo no quiero una República que sea simplemente un cambio de imagen: quiero, y son cada vez más los españoles que comparten mi opinión, un cambio total del sistema. Una nueva democracia, sea o no republicana. Si el mal menor para este cambio es contar con un Jefe de Estado vitalicia, sea así. Cambiaría ahora mismo todas mis convicciones republicanas por un cambio de la Ley Electoral (el tan odiado sistema d´Hondt), por ejemplo. Si todas las cuestiones más importantes que nos atañen fueran consultadas en plebiscito y no por los votos de los políticos en los que supuestamente hemos delegado, la felicidad ya sería completa.

¿De verdad a día de hoy, año 2011, en plena era tecnológica, es tan difícil avanzar hacia una democracia plena y participativa?

miércoles, abril 13, 2011

La independencia os mandaría a la ruina


Ahora mismo, en mi despensa o en mi nevera, tengo media docena de paquetes de pastas Gallo, un paquete de café Marcilla, tres o cuatro productos Royal (Nabisco), dos paquetes de Popitas (Borges), tres o cuatro paquetes de infusiones Hornimans, una caja de galletas Cuétara, un bote de Paladín y otro de Cola-Cao (los tres son productos de Nutrexpa), dos paquetes de recambios anti-mosquitos marca Bloom (Sarah Lee), un bote de Tulipán (Unilever), una botella de Cillit Bang (Reckitt Benckiser) y otra de KH-7 (KH Lloreda). Faltan, pero suelen estar ahí, productos de La Piara y Casa Tarradellas. A esto habría que añadir cuatro o cinco botes de perfume, un par de botes de champú o gel y el papel de liar que uso para fumar.

Esto supone el grueso de productos (más de tres cuartas partes) que tengo en mi casa y que no son marcas blancas. Y tienen todos algo en común: son fabricados, envasados o distribuidos en/desde Cataluña.

El peso de los productos "catalanes" en la cesta de la compra de cualquier español es innegable. Y nadie se para a mirar dónde han sido fabricados/envasados/distribuidos.

El número de productos franceses que hay en mi casa es de 2: un bote de mostaza de Dijon y un medicamento.

No existe alternativa de compra para la mostaza de Dijon.

No existe alternativa de compra para ese medicamento.

En cambio, sí existen alternativas de compra para absolutamente todos los productos "catalanes" que he listado al principio del post. Nunca me he parado a pensar seriamente en que son producidos en Cataluña porque, para mí, cualquier producto producido/envasado en alguna de las diecisiete autonomías me es igual: mi dinero, al comprarlo, repercute económicamente en mi país (el que paga las carreteras por las que va mi coche, o los hospitales y bibliotecas que uso, o la televisión pública que veo, o...). Intento no comprar productos "extranjeros" por simple coherencia: ya que consumo, al menos intento que mi dinero no se largue fuera.

Alguien podría decirme "pero sí que vas a McDonalds o Burger King". Por supuesto, muy de cuando en cuando, pero voy. No lo veo exactamente igual, ya que son franquicias (franquicias llevadas bien por particulares bien por empresas de mi país) que contratan a gente de mi ciudad. Comprar una botella de champagne, por ejemplo, es un caso totalmente distinto: el dinero que invierto en ella se divide entre el fabricante (francés), el distribuidor (seguramente español) y el vendedor (español también). Si en vez de comprar una botella de champagne compro una de cava, todo queda "en casa".

Nunca he comprado una botella de champagne: existe una alternativa producida y envasada en España que se llama cava, y es una alternativa catalana. Nunca me ha importado: siempre he comprado cava.

Resumiendo: intento no comprar ningún producto extranjero ni consumir en ningún franquiciado de origen extranjero (ya sea hipermercado o cadena de comida rápida) a no ser que no haya más remedio. No soy rico, eso es obvio, y algunos meses, para poder sobrevivir, he tenido que elegir casi obligatoriamente lugares como Lidl, Iceland o Día en los que los productos españoles brillan por su ausencia. Si fuera mileurista (me conformo con poco) ni me los plantearía como opción, exceptuando para comprar productos que no tienen equivalente "nacional" (como por ejemplo las salsas de Iceland).

No sé si lo que yo hago lo hace mucha gente, pero sí sé una cosa: ahora mismo nadie mira con lupa las etiquetas para ver dónde está producido/envasado un producto. Si Cataluña se independizara, lo haría gran parte de la población. Y desecharían esos productos. Yo, por mi parte, no los compraría, a no ser que fueran insustituibles, y ya he dicho que ninguno de ellos lo es, ni siquiera el cava (existe cava no catalán, creo que ya lo sabéis). No por patriotismo, sino, como ya he dicho, por coherencia.

La gente no, la gente, en el caso de una hipotética independencia, los dejaría de comprar por ser productos catalanes. No, no por ser productos extranjeros: por ser productos catalanes. Es una verdad dolorosa pero vosotros, los catalanes, sabéis que es cierto.

De los productos antes mencionados algunos pertenecen a empresas extranjeras radicadas en Cataluña, tal es el caso de Sarah Lee, Nabisco, Unilever... Estas compañías, es lo que yo pienso, no dudarían un instante en trasladarse fuera de Cataluña, ya fuera a otro lugar de España (perdón, en ese caso sería "a España", simplemente), o bien a, no sé, por ejemplo Portugal, país vecino hacia el que la cazurra población española que devora "Mujeres, hombres y viceversa" o "Sálvame" no tiene animadversión ninguna, cosa que no se puede decir de Cataluña precisamente (por si no lo sabíais, siento ser yo el que os haga llegar esta dolorosa noticia).

¿Qué harían las empresas verdaderamente catalanas como Nutrexpa, La Piara, Tarradellas o incluso SEAT, si, tras la independencia, sus ventas cayeran en picado? Porque, no lo he dicho, pero ninguno de los productos que yo suelo tener en mi nevera o en mi despensa de estas marcas basan su éxito en sus ventas en Cataluña o fuera de España. No. Pastas Gallo, o La Piara, tienen la importancia que tienen por el mercado español. Eso es una verdad incuestionable.

Supongo que os gustaría pensar, a los que sois independentistas, que los jefazos de Tarradellas, La Piara o Gallo, en caso de que una Catalunya (sic) independiente les hiciera bajar de forma brutal las ventas, apelarían a su catalanidad y harían de tripas corazón. Yo no lo creo así: son empresarios. De los buenos, supongo, teniendo en cuenta el volumen de negocio que manejan. Yo lo que creo es que desmontarían el chiringuito y se irían con la música a otra parte. Bueno, a otra parte no: a España. Algunos optarían por el mal menor: cambiar la sede social a territorio español (o andorrano, o portugués, o al menos a algún sitio que no sonara catalán) y conservar las fábricas que existen en Cataluña. El nuevo país perdería gran parte del dinero que generan (impuestos y demás), pero al menos no los puestos de trabajo directos (la fábrica) e indirectos (la distribución, los repuestos). Está por ver, eso sí, si el mercado español aceptaría esto, si no habría una campaña brutal de los medios "españolistas" para advertir sobre las empresas "disfrazadas", tal y como harán, no os quepa ninguna duda, con toda empresa catalana si os independizáis. No es arriesgado pensar que muchas de estas empresas, por las dudas, desmontarán por completo el tinglado y se instalarán en otros lugares.

Tal vez, ¿quién lo sabe?, la independencia catalana es la única solución viable al Aeropuerto de Castellón.

Bromas aparte, he de decir que aborrezco los nacionalismos, sean cuales sean. Yo soy español porque no tengo más remedio: nací aquí. Claro que me identifico con España: la gente de este país tiene muchísimas cosas más en común conmigo que, no sé, un togolés o un australiano. De ahí a matar por mi país, o más bien afirmar que mataría, va un trecho. No, no soy nacionalista. Nací aquí por accidente. De hecho, y aunque suene raro, pude nacer en Australia. ¿Sería, entonces, diferente a como soy ahora? Sí, pero no por haber nacido allí, sino porque habría tenido una educación diferente, hablaría un idioma diferente, etc. Los españoles no somos especiales por haber nacido en Cuenca o Santander; de la misma forma, la gente de Vic o de Reus tampoco es catalana por determinación de la historia o de Dios.

Si hay una cosa que aborrezco más que los nacionalismos es la irresponsabilidad, y me temo que existen dos clases de independentistas: los que no se han parado a pensar en las consecuencias económicas que supondría la Independencia, que espero que sean los más, y los que sí lo han hecho y, a pesar de todo, seguramente para adquirir notoriedad, dan al patriotismo más importancia que a lo práctico. Esos acabarán siendo los políticos del nuevo estado catalán, los que darán la vuelta a la tortilla y, ante la crisis, le echarán la culpa a otros.

Porque siempre son otros, ya lo estamos viendo estos últimos años, nunca son ELLOS.

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Os dejo aquí un enlace a un blog. Lo que pregunta es corto, pero muy interesante.

Otro enlace, aún más interesante, tanto en catalán como en español:





Past tense


Hoy se han juntado a la vez dos cosas: por un lado he terminado de ver "Freaks and geeks", serie que tiene más de diez años pero que me ha parecido una de las cosas más cojonudas que he visto en mi vida. Hace quince minutos he terminado de leer "Viviendo del cuento", un ¿libro? del dibujante Juanjo Sáez que también tiene sus añitos (es de 2004). Tanto la serie como el libro me han dejado un regusto amargo en la garganta.

Cito a Sáez en una de sus últimas páginas:

"Ya no se nos pone la piel de gallina con lo mismo, no nos ilusiona, empezamos a tener pasado... tanto como para sentirnos nostálgicos, tanto como para echar de menos cosas y estar tristes. Nos resistimos al cambio e intentamos reproducir el pasado y disfrutar con las cosas del ayer aunque nos parezcan insoportables..."

La puta verdad. La mayor parte de las cosas que me gustaban hace diez años ya no me entusiasman. Otras sí, pero menos, y supongo que acabarán, no sé si por disgustarme, pero seguramente me serán indiferentes. Por poner un ejemplo muy sencillo, ya no pierdo el culo por ir de conciertos, o por comprar los libros que me interesan.

Echo de menos muchísimas cosas en estos momentos. No es buena idea mezclar esta sensación con la idea, no puedo evitar tenerla, de que en parte he desperdiciado los últimos años de mi vida. Sé que no es así, que he crecido en todos los aspectos más de lo que podría haber imaginado hace una década. Que ahora soy una persona mejor... eso no lo discuto: mi yo más joven era un insufrible gañán que disfrutaba sintiéndose un marginado. Ya no soy tan condescendiente. Ya no tengo envidia, ni complejo de superioridad, ni...

En todo caso, es hora de empezar de nuevo, en todos los sentidos. Habrá que hacer girar de nuevo la ruleta y esta vez no miraré dónde cae la dichosa bolita: espero tener la fuerza y valentía necesaria para alargar mi mano, cogerla, y dejarla caer en el número por el que he apostado.

Y al croupier que le den por culo.

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Postdata: Mataría por tener un poco más de dinero. Mataría por convertir en inmortal a mi gato. Mataría por volver a enamorarme.

Postdata de la postdata: Seguramente eso me haría olvidar todo lo que añoro del pasado. Sobre todo la inmortalidad de mi gato.

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