lunes, junio 18, 2012

Luna


Los niños perdidos, esos náufragos del insomnio
que nos acompañan de la mano en noches de luna nueva
nos ofrecen etiquetas intercambiables
(corazones de usar y tirar, apenas un poco más
que trozos de carne y desidia y somnolencia),
nos atraen con suculentos trazos de carboncillo
y millones de litros de alcohol barato,
sus palabras de elogio en nuestras testas clavadas,
los brillantes ojos apagados parpadeando de asombro,
las bocas entreabiertas ofreciendo todo y nada a un tiempo;
el aburrimiento, en suma, de saberse cobarde,
de vivir en la eterna búsqueda bajo la eterna maldita oscura
luna nueva cubierta
de nubes de tormenta.

Los niños perdidos, cuando los cumulonimbos se retiran
y el satélite amenazante se torna luminoso
y descubre unas manos entrelazadas, unos ojos lujuriosos,
los pies raudos saltando aceras, bancos, coches, tu portal sombrío,
mueren de la envidia de los perros, afilan sus uñas gatunas
en nuestras espaldas maltrechas,
y aúllan.

Porque los niños perdidos no desean encontrarse,
son felices en la búsqueda eterna,
en la felicidad de las escasas horas,
en el teatro de la cadencia inmediata de las noches.

En la horrorosa soledad del desconcertante ser humano.


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