jueves, septiembre 27, 2012

Poema para una virgo




Había un nido en mi cabeza
tejido con la fibra de algo que olía a desencanto
(a podredumbre, a hueca sustancia,
a una Nada absoluta, al kippel que lo impregna todo).

Me tomaste de la mano y me dijiste:
“mira, este es mi hombro moreno, esta
es mi lengua de fuego;
y ahora mis tobillos son tuyos, y míos,
y nuestros”.

Y mis dientes en el tatuaje de tu cuerpo
se convirtieron en Santo Sacramento.

Y mientras te mordía olvidaba mi nombre,
mis nombres,
los nombres de todos los hijos no concebidos
que en la Epifanía de tu rostro no tenían sentido ni cabida.

Me regalaste lo inesperado
con la facilidad pasmosa de lo inaudito:
un rostro que rememorar en las noches mustias,
unos dientes aullantes que curan el insomnio,

y unos ojos que me acompañarán,
acunándome,
hasta el fin de mis tiempos.  

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