jueves, febrero 18, 2016

Las líneas de Nazca

Tengo el recuerdo de un patio de Sevilla
en el que luces y sombras se juntaban inquietas.
Y tú decías "que venga la bruma,
que me devore, si yo ya no soy
la apenas nada que antecede a la noche".

Pero estabas vivo, y junto a ti soñaban los juncos
que eran nuestras orejas cuando te oían.

"Él ha dicho que ahora, cuidado,
se adormece el alma al avivar certidumbres".

Y buscábamos los significados en diccionarios incorrectos
que nos daban de bruces por nuestro torpe vocabulario.

Éramos niños en hombros de gigantes,
el más grande tú, los más pequeños
los que pastábamos, errantes, a tus pies.


jueves, febrero 04, 2016

Hay un lagarto en la puerta

Había un lagarto enorme en la puerta. Parecía llevar allí desde siempre, apostado observando cada movimiento de mis ojos. Sus pupilas se dilataban y se contraían a destiempo, como si en realidad no estuviera mirándome a mí, sino a algo detrás de mí que solo intuía.

Pero detrás de mí solo había una gran montaña de podredumbre, de compost a medias sintético. No me causaba ninguna molestia, pero a ese gran reptil sí parecía importarle. ¿Y qué más le daba? Toda esa basura era MI basura. Las mondas mordidas a medias, los gajos semidescompuestos, los trozos de todo y de nada que se evaporaban y se convertían en matería orgánica con aspecto de estar digerida solo en parte... ¿a quién podían preocupar sino a mí? Pero los ojos facetados, traspasándome, parecían estar analizándola. 

Yo me preguntaba: con sinceridad, ¿qué puede decir de mí MI basura? Y los óvalos verdosos que el lagarto tenía en la cara me devolvían una monstruosa y honesta respuesta: lo dicen todo, idiota. Tú eres TU basura. Esa podredumbre, ese compost, son parte de tu persona, de tu legado, de tu herencia, de tu ser. ¿Cómo de mal huelen? Así hiedes tú. ¿Qué altura alcanzan? Tu triple, tu cuádruple, imagínate las razones. ¿Te gustaría besarlas, abrazarlas, comerlas? Ese es el peaje a pagar por una vida llena de contradicciones. Disfrútalo. 

El bicho seguía en mi puerta, pero yo ya no tenía puesta en él mi atención, sino en la montaña de heces a mi espalda. ¿Y si tenía razón? Me hubiera gustado acercar mis labios y besar y morder y masticar y comer, solo con la esperanza de que el lagarto cambiara su opinión sobre mí. Pero fui incapaz. Los efluvios de la materia en descomposición desconcertaban mi olfato, lo destruían. Y, a cada golpe de nauseabunda llamarada sensitiva, yo no podía sino hacerme la misma pregunta: ¿en verdad así hiedo?

Había un lagarto, estaba en mi puerta, y parecía llevar allí desde siempre, observando apostado mientras sus pupilas se dilataban y se contraían a destiempo. Pero, una vez que supe lo que realmente miraba, dejé de tener miedo. Y entré en pánico. 

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...